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Señoras y Señores

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Señoras y señores

A los amigos del “lenguaje incluyente” los entusiasman las redundancias. ¿Vale la pena utilizarlas o es mejor renunciar para siempre a esas supuestas innovaciones?

Ilustración de Bea Crespo

 

Cuando Vicente Fox se refería a “los ciudadanos y las ciudadanas” provocaba risas. Esa clase de redundancias tiene precedentes remotos. Ya Filón de Alejandría en el siglo I y antes Homero en la Ilíada las emplearon, pero cuando son innecesarias resultan retrógradas.

De los afanes feministas han salido muchas cosas buenas y algunas lamentables. El acceso al voto, a las profesiones y al poder ha sido un avance de verdad. Pero que una directora se haga llamar “la director” o “el director” no es un avance. La lengua admite innovaciones, pero no arbitrariedades. Permite decir el presidente, la presidente y la presidenta; el juez, la juez y la jueza; pero no “el presidenta”, ni “el jueza”, ni “la director”. Tampoco el director, si es directora.

Donde se acostumbra la juez, hay quienes exigen la jueza, para marcar el género en el sustantivo. Donde se acostumbra la jueza, hay quienes exigen la juez, para subrayar que el cargo no tiene género. Ambas formas son válidas, y exigir el cambio de una por otra parece mera ostentación de militancia.

También es válido decir “los ciudadanos y las ciudadanas”, como decía el presidente Fox; innecesariamente, porque “los ciudadanos” incluye a las ciudadanas. Hubo algo semejante en la “Ley de las y los jóvenes” que promulgó el Gobierno del Distrito Federal (25 de julio de 2000). Estas redundancias son intencionadas. Los políticos se adornan subrayando lo que conceden, cuando les conviene. Nunca dirían “los tontos y las tontas”.

La redundancia feminista no es de un solo país. Hacia 1970, Georges Dumézil se burlaba de su aparición en francés. Quizá nació con el movimiento contracultural de los años sesenta. Pero no tuvo esa forma en inglés, donde es imposible decir “las y los” porque “the” es invariable. Lo que el feminismo impuso en inglés fue la no marcación del estado civil de la mujer. Así como mister y su abreviatura Mr. no distinguen solteros de casados (a diferencia de Miss y Mrs.), se inventó Ms. (pronunciado ms) para no marcar a las mujeres como solteras o casadas. En español pudiera usarse la abreviatura Sa. (¿pronunciada cómo?).

Curiosamente, el habla popular encontró una solución: seño, que es apócope tanto de señora como de señorita. Quizá la inventaron los vendedores ambulantes para evitar la situación incómoda de que una cliente (o clienta) rechace airadamente el tratamiento de señora: “¡Señorita, si me hace usted favor!”. Más curiosamente aún, apareció el diminutivo señito, no señita, que sonaría a señorita, y ya no serviría para señora.

En las grandes tiendas hay otra solución. No se dice seño, sino señorita, a todas las mujeres, fuera de casos obviamente embarazosos. Con lo cual señorita ya no marca el estado civil.

Hay un efecto neutralizador semejante en el uso de “los ciudadanos” para significar “los ciudadanos y las ciudadanas”; “los jóvenes” para “los y las jóvenes”; “señores” para “señoras y señores”. Usar una palabra masculina para incluir ambos géneros puede parecer sexista, pero priva al masculino de la exclusividad que conserva el femenino.

La redundancia no empezó en el siglo XX. Hay una antigua salutación que hoy parece normal, aunque es anómala: dirigirse a los asistentes de una reunión, no como “señores”, sino como “señoras y señores”. También existe en otros idiomas. ¿Cómo y cuándo empezó?

Una carta al editor de The Antiquarian, recogida en la miscelánea The Antiquarian Repertory (segunda edición, Londres, 1780, volumen I, página 156), incluye esta observación: “All public addresses to a mixed assembly of both sexes, till sixty years ago, commenced Gentlemen and Ladies; at present it is Ladies and Gentlemen”. Lo cual implica que la redundancia existía, cuando menos, desde fines del siglo XVIII. Y que la primera galantería fue desplazada por otra todavía más galante.

Las mujeres inventaron los salones literarios y los presidieron: Sukayna en el mundo islámico, Leonor de Aquitania en la Edad Media, madame Geoffrin en la Ilustración. Pero, en los salones literarios, como en las tertulias doctas del Renacimiento (las academias), predominaba la conversación, no el discurso docto, que más bien tiene afinidades con la cátedra.

Las conferencias (solemnizadas como “magistrales”) no son conferencias (reuniones de representantes o negociadores, conversaciones telefónicas): son reuniones asimétricas para escuchar una disertación dirigida a un público abierto (no a los que toman un curso). Pueden ser acontecimientos sociales, honrados con la presencia de personalidades distinguidas, a las que el expositor, antes de empezar, se dirige con una letanía de saludos: excelentísimo señor de Tal por Cual, honorable embajador del Más Allá, ilustre director del Ya Sabemos. Las salutaciones van en orden jerárquico descendente y terminan con “señores”, que es el peldaño raso. Pero si una parte del público es femenino, parece galante distinguirlo con una jerarquía penúltima: “señoras y señores”.

La redundancia tiene un origen remoto. En la primera mitad del siglo I, Filón de Alejandría describe a los terapeutas, una agrupación (parecida a los esenios) de judíos dedicados a la vida contemplativa. Habla de su liturgia y del momento en que “todos [pantes] y todas [pasai]” cantan (Los terapeutas, edición bilingüe y traducción de Senén Vidal, Ediciones Sígueme, 2005, párrafo 80).

José Molina Ayala encontró un precedente homérico en la Ilíada (siglo VIII antes de Cristo). En el canto octavo, Zeus prohíbe a los dioses del Olimpo que se metan en la Guerra de Troya. Alfonso Reyes (FCE, 1951) lo traslada así:

–¡Oíd, dioses y diosas, y nadie sea osado

a transgredir la orden que os da mi corazón!

La traducción literal de Rubén Bonifaz Nuño (Unam, 1996) dice:

Escuchad de mí, así todos los dioses [pantes te theoi] como todas las diosas [pasai te theainai].

No está clara la función de estas antiguas redundancias, y no parecen galanterías. Más bien parecen fórmulas arcaicas: vestigios gramaticales de los orígenes del habla, que aparecieron antes, no después, de las simplificaciones. La eliminación de redundancias fue un avance para decir lo mismo con menos palabras.

George Zipf compiló estadísticas de la frecuencia de cada palabra usada en inglés, y descubrió que la más usada “the” era dos veces más frecuente que la segunda más usada “be”, tres veces más frecuente que la tercera más usada “to”, cuatro veces más frecuente que la cuarta más usada “of”, etcétera. A partir de ese descubrimiento, estableció en 1935 una fórmula matemática (llamada hoy Ley de Zipf), y comprobó que era válida en varios idiomas. Para explicar el hecho, propuso en 1949 un “principio del menor esfuerzo” en su libro Human Behavior and the Principle of Least Effort. Una ilustración de este principio es que las palabras largas se usan menos que las cortas. O se recortan, creando apócopes: palabras mochas de las que se dice el comienzo, pero no el final, sobrentendido: bici, foto, Tere.

Ramón Ferrer i Cancho y Ricard V. Solé, en un análisis del costo combinado del hablante y el oyente para que el mensaje pase bien, confirman el principio señalado por Zipf (“Least Effort and the Origins of Scaling in Human Language”, Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, vol. 100, n. 3, pp. 788-791, 4 de febrero de 2003). En un telegrama, simplificar reducía el costo para el que lo enviaba, pero lo aumentaba para el que lo recibía: tenía que imaginarse las palabras omitidas, suponer el contexto, resolver las ambigüedades. La claridad le cuesta al que escribe, en beneficio del que lee. La claridad óptima es la que reduce al mínimo la suma del costo para ambas partes.

Hay precisiones necesarias y hasta redundancias necesarias para que algo quede claro y diga lo que quiere decir. Pero las innecesarias (“los ciudadanos y las ciudadanas”, “las y los jóvenes”) son un retroceso, no un avance.

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