Estudios de la mujer Blog de Anarella Vélez

AIRES DE FAMILIA.

Anarella VÉLEZ OSEJO
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Prólogo

No es para nada extraño que una historiadora hondureña arrebate espacios desde los cuales logre practicar lo proscrito para otras, instalarse en diferentes territorialidades, cotos vedados a las mujeres. Al asumir el oficio de escritora como un destino se traslada y transforma su relación con la realidad y con el pasado mismo, acerca de temas tan diversos como la sexualidad, el amor, el odio, la pasión, la visión del mundo.

Tampoco debe asombrarnos el que busque volverse artesana de la palabra y desarrollar su vínculo con la imaginación. Razón y representación pueden ser una misma cosa mediante la palabra. Representar la realidad con imaginación, oir y contar, contar, imaginar, representar, resistir, escribir, ese es el reto que asume a sus primeros 50. Creo que empieza justo a tiempo. Ha acumulado experiencias que quiere contar para dilucidar en sí el mito de la invención. Para desentrañar la magia del contar ese cúmulo de sensaciones que descubre cada día, cuando escucha o cuando recuerda haber escuchado a sus ancestras. Reconstruir ese todo o esas partes de los sucesos vividos por las mujeres de su familia. Sabe bien que no hay tramas que inventar. Casi todo está dicho, sobre el amor, la muerte, el poder, la pasión, la locura. Espera, eso sí, saber contar, ya que eso es lo que espera un buen lector. Puede escribir sobre los mismos temas, pero no siempre se cuenta del mismo modo. Encontrar el lenguaje preciso y precioso para saber representar una época, un momento de la condición de las mujeres de su país, para que permanezcan, para que no se olviden, para que no me olvides, como diría Marcela Serrano.

TÍA PANCHITA, TIEMPOS POSIBLES


Vivió más de un siglo mi tía Panchita.  Ahora pienso en ella después de largo tiempo de evocaciones intermitentes. Afuera, en una mañana siniestra, a sesenta y seis días del golpe, sábado por la mañana,   los militares persiguen, acosan, apresan,  a las mujeres y hombres de la Resistencia Nacional.  Lanzan gases,  balas,  en su contra. No es extraña esta relación, recuerdo el modo en que ella nos contaba de cuándo perdió a su hijo Andrés por andar en la resistencia, en otros tiempos, pero resistencia al fin. A ella le tocó vivir muchas agonías, le tocó asistir a muchas muertes, pero, lo decía con los ojos vueltos un océano, no pudo ver morir a su hijo Andrés.   Rememoro,  como si fuera ayer,  el día que la canocí: su imagen colosal se me impuso. En su casa abundaban las plantas y una lora saludaba alegremente a quienes acudíamos a ese hogar hospitalario. También nos acogía un gato enorme, de patitas blancas, arremolinado en un sillón.

Ese día en que volvió a mi memoria la tía Panchita, día memorable,  había concertado un encuentro con Natalie en Paradiso. Llegó puntual  «Una michelada, por favor».  Se la tomó con avidez, apagando su sed rápidamente. Este encuentro me hizo pensar en la vida de las mujeres y  en su diversidad. Sus precariedades y sus grandezas. La vi llegar, vestida de saco y pantalón negros, blusa gris, grandes tacones, con los rizos dorados que acentúan su dulce personalidad, y su figura esbelta que atrajo hacia sí las miradas de todas, de todos. La laptop y el celular en un diminuto maletín.  Elegimos la mesa más próxima a la cocina.

Entre la vida de mi tía Panchita y la de Natalie había un siglo de distancia, de diferencias, jamás fueron vidas paralelas. Natalie ha desarrollado una explicación coherente de la realidad en la que vive. Sabe pensar con conceptos, categorías, con imágenes, sensaciones. Cavila con nociones teóricas: oligarquía, feminismo, subordinación, salud sexual,  racismo, exclusión. Pero también piensa en colores, con poesía. La conocí en la Universidad, en la carrera de Historia en mi salón de clase. La recuerdo como una de mis más brillantes estudiantes.

Comentamos los sucesos recientes. El golpe de Estado la expulsó a ella de su trabajo en la Dirección de la Hemeroteca Nacional. Natalie denunció esas arbitrariedades propias de una dictadura. La nueva Ministra de Cultura, quien fue nombrada  respondiendo a mezquinos intereses, en revancha,   prohibió su entrada al Archivo Nacional, a ella cuya vocación y  profesión es la de historiadora. Se hicieron manifestaciones, como aquella del Museo del Hombre, en donde entregaban la hoja liquidámbar a no recuerdo quien, y en medio de la ceremonia las y los colegas historiadores leyeron en voz alta un panfleto político ante las miradas atónitas, incrédulas de los asistentes, en su mayoría golpistas.

«Y ¿qué tal?», pregunto, me responde, feliz  «bien,  estudiando, escribiendo, denunciando,  y  preparándome para mi maestría» -mientras ubica el celular y el ordenador en la mesa-. Yo le manifiesto con sincera alegría  «!maravilloso¡; tenemos que celebrarlo».  Y pregunto, siguiendo mi instinto inquisidor,  «y para dónde se marcha, cuándo parte, la voy a extrañar». Y ella haciendo su típico puchero «si, y yo a todas ustedes». Esta cita era más bien una despedida. Ella se marchaba en breve hacia Cuba, a continuar con su educación formal.

Ese día se nos ocurrió hablar sobre la amistad. Discernimos que no está mal actuar por afinidad con las otras. Los poderosos actúan siempre guiados por sus afecto. «A nosotras nos  han hecho creer que está mal actuar por amistad para separarnos», le dije, y ella acotó,  «particularmente a nosotras, las mujeres».

Esta relación entre realidad  y  memoria  se me revelan  como en una película de Fellini.  Si alguien me hubiera preguntado cómo recordaría a mi tía Panchita, me valdría de las imágenes de Fellini. Mi tía Panchita, de brazos gruesos, de rotunda presencia y sonrisa picaresca, como si recordara, cuando hablábamos, pasadas experiencias sensuales.

No olvido que llegábamos a su casa los sábados por las tardes. Era una enorme casa de gruesas paredes, con una fachada adornada con piedra rosada de sillería, ubicada en el barrio  El Guajoco.  Siempre estaba en su cocina, a la orilla del fogón, blanqueado cada día con ternura, ante una enorme olla de nacatamales; y en el otro extremo, otra con atole de maicito tierno. Regañando a sus hijas Mirtila y Francisca, decía  «sólo se la quieren pasar hablando de la vecindad». Y «que el fuego no espera, que el atole se ahúma y que hay que pastorearlo y darle vueltecitas suavemente, con cuidadito y hasta que esté listo». En su mesita de la sala podían verse dos libros,  la Santa Biblia y un Misal de domingos y fiestas. Era una formidable Biblia, la antigua versión de Casiodoro de Reina revisada por Cipriano de Valera. Nos contaba que su libro favorito era el Cantar de los Cantares de Salomón. Y hasta nos recitaba de memoria el Versículo 2:

«¡Oh si él me besara con besos de su boca!

Porque mejores son tus amores que el vino»

Y luego seguía el 5:

« Morena soy, oh hijas de Jerusalén,  pero codiciable.

Como las tiendas de Cedar.

Como las cortinas de Salomón»

Esas visitas sabatinas era tradición familiar, forjada desde principios del siglo. La tía Lilian me contó que uno de esos sábados la  visitaron con mi madre,  Gloria, quien por entonces estudiaba medicina en México,  hecho por el cual se había convertido en su sobrina favorita, orgullo de la familia. Todas las sobrinas pasaron, en la jerarquía de sus afectos, a lugares secundarios. Sabían que en su casa  siempre podían comer esos deliciosos nacatamales de cerdo  –el gusto por nuestras tradiciones culinarias me fue heredado por esta línea- y de bebida un atole calientito y con abundante canela. Uno de los temas recurrentes era el de desaparición y muerte de su hijo Andrés. Contaba que tras meses de haberse exiliado en Guatemala,  un día aciago  le trajeron la noticia de su fallecimiento, y entonces se enteró  que «enfermó de hambre», y que, «ni al hospital lo llevaron y todavía no sabía a dónde llevarle flores por que no supo dónde lo enterraron» y llorando decía que le dolía en el alma preguntarse por qué no pudo estar al lado de su hijo en tribulación, y que siempre soñaba con él y que pensaba en él cada día, y se entristecía preguntándose    quién le habría cerrado los ojos y puesto las manos  sobre el pecho, y quién le habría amortajado a su hijito liberal, subversivo, seguidor de Zúniga Huete, aquel socialista.

Y también describía minuciosamente a Andrés: alto, de 1.87 m,  delgado, trigueño, de voluptuosa boca, de mirada inteligente, de frente amplia, hermosa cabellera oscura,  alegre, sensible, hacía amigos muy fácilmente y se había vuelto revolucionario. Lo indignaba la pobreza de los otros, la falta de libertad.   Pensaba que Honduras debía parecerse más a México, en donde crecía todo un movimiento de nacionalización de los bienes naturales. También se daba cuenta que allá había una reforma agraria, que le estaban devolviendo las tierras a los campesinos, que se reformaba la educación para volverla democrática. Decía que en ese país se castigaba a cualquier funcionario que se le comprobara que robaba al erario. Sostenía que esos hambreadores del pueblo debían ser duramente juzgados. Sus ideales no eran un misterio para nadie.

Y continuaba la tía Panchita describiendo a su Andrés, decía detestaba la guerra, que Hitler era un asesino y que el holocausto era un horror que jamás debería repetirse.

En las paredes de la casa de la tía Panchita se veían las imágenes en  daguerrotipos, amarillentas, de sus mayores, de sus hijas y Andrés y las imágenes de sus santas favoritas: Santa Teresa y Santa Ana y de la virgen de Los Dolores. Daban cuenta de su memoria emocional y su identidad religiosa. Por las tardes bajaba a la iglesia Los Dolores, con el rosario y el misal en las bolsas de su larga falda, bajaba pesadamente,   por la cuesta de su barrio. Acudía a la iglesia que en la colonia era de los negros libertos de Tegucigalpa. Con su arquitectura colorida y casi alegre. Era difícil rezar ahí. Implorar por sus muertos y expiar los pecados con tanto colorido de por medio.

Mi tía Panchita decía que no recordaba en qué momento todo había empezado a volverse así de triste. Si tal vez fue tras la muerte de Andrés. Un día se lo dijo a su hija: «Mirtila, me siento invisible y muda». Entonces  Mirtila  la vio: tenía los ojos vivos. Quería decir más y no podía, abrir su pecho y su mente y dejar salir sentimientos, imágenes, sonidos, recuerdos.  No, no podía.

Honduras, abril de 2010

LITA

 


La imagen de Lita se vuelve nítida cuando llega a mis manos su álbum de fotos y el diario que escribió, enriquecido con los agregados de sus hijas, Gloria y Soledad. Era su modo de romper el silencio, de evitar el olvido y de sacar a la luz su cotidianeidad. Observo los caracteres de su letra, espejo de su temple. Diario/collage, en donde se amalgaman imágenes recortadas de periódicos, noticias de interés familiar, anotaciones manuscritas de un diario escrito un día sí y otro no, como era común en esos tiempos.
Abro ese álbum al azar. Aparecen las noticias de su boda. Se casó con Lalo y en eso vino el desastre de Nueva York. La bolsa había caído, era el crack. Y aquí casi no se entendía ese asunto. Fueron tiempos terribles. Lalo, perito mercantil, era de ese grupo de los primeros 12 que habían estudiado esa carrera. Y hablaba «de la catástrofe mundial y de cómo la United Fruit se estaba volviendo monopolio». Y «cómo se apropiaba de las tierras». Y hablaban en sus reuniones «del riesgo mundial del comunismo y del socialismo. Los peores enemigos del país». Pero aquí, a la vuelta de la esquina, «yo el único peligro que veía era la mucha pobreza, la abundante incultura».
Ahí encontré las huellas de sus dudas y sus aflicciones, en este libro de hojas amarillentas, que se deshace a pedazos. Todavía alcanzo a leer que corría el año de 1932. Que habrían elecciones y se preguntaba « ¿por qué las mujeres todavía no podemos votar?» y «¿ por qué sólo los hombres participan en política?». Carías y Zúniga Huete en contienda. Y nosotras viendo el toro desde la barrera. Lalo luchando por Carías. Hicieron un solo bando con los Durón, sus tíos, y «nosotras en casa, preparando comidas, cuidando a los niños».
Más páginas, más imágenes y del álbum saltan ante mis ojos otras noticias. La de los afanes de Lita por salir de la modorra, por tener un espacio propio y una voz y de cómo aprendió a jugar ajedrez. Ella, la única mujer ajedrecista en la Tegucigalpa aburrida y excluyente de la dictadura. Contaba cómo compartía su afición con Lalo y de cómo organizaron un club. Ese día se jugaría una importante partida, y escribe, «que vienen Magdaleno y el ingeniero Pineda». Y contenta por sus pequeñas victorias «que el torneo se termina mañana y que voy finalista». Lita lo apuraba y «que si todo estaba listo para anotar las jugadas» Y preocupada, «que no olvide arreglar las mesas, que poner las piezas, que si está listo el reloj».
Lalo era responsable de dar cuenta fiel de las partidas a las que convocaba Lita desde el Club de Ajedrez Tegucigalpa. Publicaba sus artículos en El Día. Esas notas eran un acto público de subordinación a su esposa, firmaba con el seudónimo del Peón de la Dama. Pero de peón nada, cuando jugaban se permitía –solo con ella- unas licencias jocosas, adoptaba un rictus para distraer la atención de su contendiente, movía la cabeza como en péndulo y silbaba alguna cancioncilla. Ella estudiaba profundamente el juego, analizaba sus movimientos y ante el grito de «¡Jaque y mate!» de Lita, Lalo perdía la cabeza y tiraba las piezas por el aire. Y Lita muerta de risa guardaba las piezas, preparándose para su próximo gane.
Alrededor de las partidas se reunían sus hijas y un grupo de amigos y amigas. Para Lita el juego era una forma de vida. En Honduras no podía ser de otro modo. Si en el tablero, las piezas eran negras y blancas, en el país, o se era azul o rojo. Le tocó vivir en un siglo de dictaduras y de guerras, entre liberales y nacionalistas y luego de golpes militares.
Lalo compraba religiosamente la revista cubana Bohemia y Lita, literalmente, la devoraba. Ahí leyó cómo luchaban los cubanos contra Machado. Esa revista enriqueció su mundo y le enseñó lo que era la democracia representativa. Ahí, tuvo noticias de los efectos nocivos del latifundismo, de lo contranatural de la miseria de las mayoritarias clases marginadas y los manejos de empresas capitalistas. Ahí, en Bohemia, supo de la defensa de la república española, la lucha contra el fascismo y la exaltación de gobiernos populares y líderes nacionales honestos. Así conoció esos tiempos extraños, dolorosos, inhumanos, en que la nación le declaró la guerra a Alemania. Los tiempos de Hitler y Pétain. De cómo las mujeres ocupaban los lugares de los hombres en las fábricas en Estados Unidos, y de cómo ocuparon más cargos en las oficinas. Hasta ella llegaba la información de la Resistencia Francesa, y de la lucha de las mujeres contra la ocupación alemana.
Esos fueron días de grandes cambios para la mujer. Vecina de Choncita, «aquella profesora que siempre andaba criticando al dictador» y que siempre decía que «había que organizarse para lograr la igualdad de las mujeres, y que había que alcanzar el voto de la mujer porque a los hombres solo les interesa esclavizar a la mujer» y «que las mujeres tienen derechos, que se deben educar, y ser profesionales universitarias».
Y ella pensaba/escribía, «si yo era liberal, mi familia librepensadora, por eso yo me hice maestra» pero «dejé de enseñar y me volví azul por Lalo». Por eso cuando sus hijas le pidieron estudiar en la Universidad se impuso ante él. Y en honor a la verdad, se reveló con furia en contra de aquellos argumentos arcaicos que él esgrimía « si las mujeres deben ser maestras cuanto más y empezar a buscar un buen marido». Y le contesta «Que nos vamos para México, que las niñas van a estudiar y yo me voy con ellas. Gloria estudiará medicina y Soledad Derecho».
A pesar de los reclamos de «cómo se van tan lejos, cómo me van a dejar solo» hicieron las maletas y partieron en un largo y memorable viaje por tierra hacia México-Tenochtitlán. La dictadura había llegado a su fin y con ella su sometimiento. Así era mi abuela.
Honduras, abril de 2010

TÍA SOLE Y TÍA HELEN 
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al FNRP, en Honduras

Amo a mi tía Sole por ser realista, por poner las cosas en su lugar en un solo acto. Ese día la encontré preparando su plato favorito, cochinita pibil, mientras escuchaba las noticias en Radio Globo. Cortaba, picaba, pedía a Yemi que hiciera tortillas, que si ya estaba listo el fresco de tamarindo, que faltaba la ensalada. Que nada de vino, que en esta familia no se bebe, y así la cocina se encontraba envuelta en olores familiares. Por la radio se oía a Rony y David que denunciaban la represión. Que detuvieron a unos sindicalistas. Que mataron a unos gays. Y que barbaridad, cómo tienen encausado al juez Garzón, defensor de la democracia, y que sólo ha buscado hacer justicia contra los que se resisten a la aclaración de las fechorías del régimen franquista.
A través de la puerta vi llegar a la tía Helen. Traía un pastel de maíz, que nos encanta a todos. Recién llegaba de Comayagua. Mi tía Sole la pone al tanto, le cuenta que pasa esto y lo otro en la capital, que en el campo matan gente. Pero que no se alarme, que tome, eso sí, todas las precauciones. Vi a Yemi amasar la harina, lista para echar, con el cuidado ancestral de nuestras mujeres, la tortilla en el comalito. Les dije « ahora sí que nuestro pueblo está organizado, tía Sole». Y sigo, «¿vamos a comer la cochinita en taquitos?»; «por supuesto». Y, entre nos, comentábamos «el pueblo anda en las calles, pidiendo libertad», y me miró fijamente, me clavó su mirada y luego se rio. Se acordó de las consignas populares: « ¡cuál es la ruta!», « ¡cuál es la ruta!… Y yo fascinada con la risa de mi tía Sole, que es muy seria y que casi todo el mundo le tiene miedo, salvo mi hijo R. A. y yo.
Toda mi vida la he visto trabajando. En los tribunales; litigando, es una de las mejores abogadas. Defendiendo mujeres golpeadas, divorciando a otras. En su hacienda, batallando con la tierra. Que sembrando plátanos, que llevando el agua porque la sequía arrecia y porque se necesita. Sembrando árboles y salvia para mermar el calentamiento global.
Cada mañana, me llama o la llamo. Nos ponemos al día acerca de la información más reciente. Hoy me dijo, otra vez entre risas, mirá cómo le dice David a ese López tonteras… jajaja, y es cierto, ese abre la boca y sólo dice boberas, y que cuánto daño le ha hecho a Honduras.
Más allá estaba mi tía Helen, que trataba, sin lograrlo, de no descubrirse como lo que era: golpista. Encubría sus gestos de disgusto al oírnos platicar de los hechos y cambiaba de tema. «Escuchaste a Plácido Domingo», y le digo yo, «ay sí, cantando Turandot», y contesta rápidamente «me encantó Turandot, se ha convertido en mi ópera favorita»; y tercia mi tía Sole, «yo también lo escuché, Plácido cantando a Calaf, el príncipe ignoto». Así eran sus repliegues: musicales.
La tía Helen va siempre a la iglesia. Frente a los altares, camina como en su jardín, con paso firme y viendo de un lado a otro, saludando a las amigas y persignándose frente a las imágenes. Mi tía Sole no le cuestiona su religiosidad y de vez en cuando, tiempo atrás, la acompañaba y, para seguirle la corriente, sucumbía a esos ritos que consideraba una sobrevivencia de otros tiempos, y se preguntaba cómo desde el púlpito se podía justificar la persecución de todos aquellos que nunca han comulgado con la desigualdad social. Seguro que se arrodillaba junto a ella mientras pensaba que era una desfachatez que el Estado y la Iglesia se confundieran en una misma liturgia de inconstitucionalidad. Mi tía Sole sostenía, como buena republicana, que eso no estaba bien, y que al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Qué suerte tuve, pienso, de haber escuchado estas enseñanzas desde mis primeros años. La tía Helen siguió poniendo la mesa, flores en medio, los platos frente a cada silla, tenedores a la derecha, cuchillos a la izquierda, cucharillas y vasos cristalinos enfrente. «Yemi, deprisa, que ya llegan los invitados», dijo la tía Sole.
Entonces los vimos llegar, uno a uno, convocados para acabar con la cochinita pibil. Allí, se reunieron, sentados alrededor de la maravillosa mesa de cristal, en ese comedor con paredes adornadas por gobelinos que traían los jardines ingleses a nuestras casas, y vajillas italianas compradas en la antigua tienda Ciudad Roma por mi abuelo.
En esos días existía un acuerdo tácito de evitar en la mesa los temas de la política. Quién lo hubiera imaginado. De pronto Manuel lanza una ráfaga de reproches en contra de la dictadura, al grado que la tía Helen se puso amarilla. Fernanda, que también estaba invitada, hizo lo posible para escaparse, en vano, por la tangente. Ahí estábamos todos y divididos por una idea diferente de país. Mi hermano contó un chiste, en un trivial esfuerzo por salir del mal momento. Me acerqué a esos rostros que se hallaban como bajo un fuego graneado, y francamente parecían rostros de circunstancia, como esos que uno ve frente a la tumba de un ser querido.
La tía Sole sirvió el postre, y casi sin darnos cuenta, sin hablar y como poseídos por no sé qué pensamiento, engullimos el delicioso pastel de maíz de la tía Helen.

Honduras, marzo de 2010

GLORIA
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Nací en el seno de una familia con valores medievales. En ella aprendí que la inteligencia es el valor más importante de la persona, no el dinero. Ahí se creía firmemente que «lo peor que le podía ocurrir a un ser humano era tener la cabeza de alcornoque», y en la que «el peor destino de la mujer era casarse… con un hombre imbécil».
Compartí con mi única hermana Soledad una sana complicidad. Cómplices para decidir quién participaría en la velada de la escuela, para ver quién declamaría el poema memorizado el fin de semana. Eran poemas que reflejaban el gusto literario de mi abuela Juana y de mamá Lita. Recuerdo a mi mamá diciendo «que no hay poesía como la de Manuel Acuña, Juan de Dios Peza y Salvador Díaz Mirón». Ahora sé que todos eran poetas del romanticismo. Siendo aún niña, entreví en sus versos que la imaginación estaba sobre la razón, la emoción sobre la lógica y la intuición sobre la ciencia.
Con esa poesía fui comprendiendo que el deseo de libertad no era nada abyecto, que no estaba en oposición a las pautas que coartan la esencia de la mujer. Esas fueron mis primeras letras y en ellas aprendí las expresiones particulares del instinto y la pasión, del entusiasmo casi eufórico por la vida o del pesimismo absoluto. Lecturas extraídas de la revistas Ariel o Esfinge, que en nuestra casa eran recibidas como el agua en el mes de mayo. Entonces, adolescente al fin, la evasión de la desesperanza sólo podía darse a través de dos vías: el éxodo o el suicidio. Elegí el exilio.
En cuanto me fue posible entusiasmé a mi madre y a mi hermana para salir de esta Tegucigalpa asfixiante, y «¡¡¡que nos vamos a la tierra de Amado Nervo!!! », y cantando sus versos preferidos, bendiciendo a la vida, dispuesta a extraerle la miel a las cosas, nos fuimos, dejando atrás aquella Honduras que apenas salía de la dictadura, de la opresión.
Llegamos a ese México, tierra de diásporas, en la que habían sido acogidos las/os exiliadas/os españoles, hondureños, salvadoreños. Yo los escuchaba «Hoy nos reuniremos en casa de Lita, allá en la colonia Roma». Y hasta nuestra casa llegaban los hondureños en el exilio, Zúniga Huete, Clementina Suárez, Alfonso Guillén Zelaya, Jacobo Cárcamo, Graciela García, «que en esa casa siempre tenían las puertas abiertas». Y yo, que estudiaba medicina, aprendía algo de política y los escuchaba decir «que la dictadura acababa con las libertades de los ciudadanos» y que «en ese país no se podía escribir poesía, ni hacer arte y política menos y que su historia se podía escribir en una lágrima».
En esos años de formación tuve la suerte de hacer compañeras maravillosas, Mercedes Soberón y Parra sobre todas, que me pusieron en contacto con el teatro, con lecturas del momento. Saliendo de la facultad me invitaba, «vamos a las librerías de Reforma, supe que acaban de publicar un libro de una filósofa francesa, Simone de Beauvoir, su libro se llama El segundo sexo». Fuimos, ella lo compró y yo lo devoré. Nos volvimos feministas. Y hablar de derechos políticos, sexuales y reproductivos y de la libertad para las mujeres se volvió un lenguaje común entre nosotras.
Eran tiempos difíciles para una mujer emancipada. Llegué a ese país justo durante el gobierno de Ruiz Cortines, el último de los presidentes de la Revolución Mexicana, caí en el D.F. en plena campaña de las mujeres por que se reconociera su derecho al voto. Asistí a esas intensas jornadas de manifestaciones, luchas y cabildeos. Esas mismas mujeres lograron que el gobernante creara el Programa de Bienestar Social Rural para mejorar las condiciones de vida en el interior del país. Así entendí ese problema del agro. El presidente impulsó el reparto agrario, expropió latifundios de extranjeros y respetó la pequeña propiedad. Abrí los ojos y desde entonces me identifiqué con los desheredados.
Con Mercedes también nos escapábamos de la facultad al cine. El enojo de mi mamá al regresar a casa se desvanecía al verme llegar acompañada de Mercedes. La visión de la vida se me enriqueció con Luis Buñuel. Ese director de cine español, exilado también, y a quien a veces podíamos ver en la zona rosa, altísimo y de mirada extraviada. Fuimos a ver El gran calavera, Los olvidados, Tierra sin pan. Cómo no identificarme con sus personajes y ver en ellos el trágico destino de los pobres.
Llegar a la UNAM fue la realización de un sueño. Ahí se debatía acerca de todos los temas, científicos, artísticos. Entonces descubrí otra dimensión de la poesía, del arte. Entre los murales de Diego Rivera, José Clemente Orozco, Jean Charlot, Fermín Revueltas y otros pintores, en los coloniales edificios del centro histórico de la ciudad, aprendí la historia de Tenochtitlán. Todavía no se había trasladado la universidad al Pedregal de San Ángel. Siempre lamenté no haber terminado la carrera cuando ya se hubiese inaugurado la nueva sede de la UNAM con sus maravillosos murales de O’Gorman.
Ese era el México de los 50, ahí se me formaron los valores que me acompañaron a lo largo de la vida. Volví con muchos libros y con un par de gemelos en mi vientre, a ejercer la medicina en este invertebrado país.

Honduras, abril de 2010

Nana Toya

 


 

La nana Toya  ha sido intemporal. No supo, no dijo,  de qué lugar o qué tiempo provenía. Recordaba, eso si,  que fue entregada por su progenitor, tras la muerte de su madre, a  una familia bienavenida, los Tercero, allá en San marcos de Colón, cuando tenía unos 6 años. Ahí creció. Ahora se que habrá nacido alrededor de 1924, un tres de mayo, día de la Cruz.

Tenía grabadas en su fina memoria  las vivencias  de su empobrecida niñez,  las costumbres de su pueblo, de la casa en la que le tocó vivir. No fue a la escuela, las señoritas que la criaron le enseñaron  a cuidar las gallinas, los ovejos,  los cerdos y las vacas. Aprendió a  ordeñarlas de madrugada para luego preparar  cuajada y queso y otras delicias de nuestras oriundas tradiciones culinarias. Me contó que en su casa tenían una lora  que reflejaba la posición política de la familia,  que gritaba vivas a los liberales y del miedo que cundía pues vivían en plena dictadura y los esbirros locales castigaban duramente  esas inocentes manifestaciones de oposición.

Recien nacidos   llegó a atendernos, como si se tratara de una  hada. Fue en los tiempos en que mi madre, médica de profesión, practicó su servicio social en San Marcos de Colón. Nosotros, mi hermano Sergio y yo,  fuimos considerados un prodigio por ser  gemelos, necesitabamos urgentemente de quien nos cuidara. Así se arraigó  esta  mujer maravillosa y casta en nuestras vidas. Se convirtió desde entonces en la amiga inseparable de mi madre y  en la nana que prodigó cuidados, ternura y sabiduria a aquellas criaturas.

Con una inteligencia natural, la Nana me transmitió los valores propios del mundo rural de nuestro país: el respeto a los mayores, el silencio oportuno, el valor de las palabras, el horror al insulto y las palabras soeces. Sin ser feminista me informó del cuidado que debía tenerse  con  los hombres y el poder que éstos  ejercían sobre nosotras y que por eso ella nunca se casó. Para mi humilde nana el honor y  la lealtad debían  guiar nuestras decisiones.

Con  la sencillez propia de las mujeres sabias de estas tierras  supo comunicarnos su particular  visión del mundo. Sostenía que la palabra aburrimiento provenía del término burro y por tanto había que huir de esa sensación. También nos comentaba que lo que no se aborda con pasión no puede hacerse bien, que la alegría debe guiar nuestras decisiones. Que cuando uno anda triste todo le sale mal.  Detestaba la soberbia, el engaño,  la cobardía y la traición.   Estos conceptos y valores de nuestra recóndita Honduras han signado mi vida.

Llenó mis años infantiles con las canciones de cuna  y  las leyendas propias de esas tradiciones que forman parte de nuestro imaginario colectivo,  transmitidas oralmente de generación a generación.  Me contaba historias terribles.  Gracias a su poder narrativo conocí  a El Sisimite,  La Sucia,   El Duende del nanzal, El cadejo, El Comelenguas, El Picudo, El Timbo, El gritón. La nana fue la primera en hablarme de los cuentos tolupanes como aquel de la existencia de hombres de un solo ojo. Así conocí los mitos y leyendas de nuestro pueblo.

Su conversación adquiría fuerza por su permanente recurso de nuestros más reconocidos refranes: mi pacifismo se basa, inicialmente, en ese dicho que ella repetía ante la violencia: A la fuerza, ni la comida es buena. Su rechazo a la estupidez y la superficialidad se reflejaba en el refrán  que reza El Tonto ni de Dios goza. Nos enseñó a practicar la libertad de expresión con el uso pertinente de la frase La que tiene más galillo traga más pinol.  La interconexión de los hechos la comprendí con aquello de Estos son polvos de aquellos lodos. Y mi comprensión de  la nefasta corrupción  la a debo su uso del refrán Sacristán que vende cera y no tiene colmenar, o la saca del oído o la saca del altar. Así era ella, lo más puro de nuestra Honduras profunda.

Victoria Betancourth, así se llamó,  fue la voz más critica respecto de mis defectos, a ella le debo el fortalecimiento de mis virtudes.

Nuestra nana Toya falleció  el 15 de diciembre de 2011 del mismo modo en que vivió, apasiblemente.

Contacto: gloriaavelos@gmail.com

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