Estudios de la mujer Blog de Anarella Vélez

15/02/2017

¿Cómo adquirió conciencia social Bertha Oliva? Anarella Vélez Osejo

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Bertha Oliva y Carolyn Davidson

¿Cómo adquirió conciencia social Bertha Oliva?

Anarella Vélez Osejo

 

La defensora de derechos humanos, Berta Oliva (7 de marzo de 1956),  nos recibe en su centro de trabajo, ubicada en la sede del Comité de Familiares de Detenidos Desaparecidos en Honduras,   –COFADEH–, ubicada en una antigua casona del casco histórico de Tegucigalpa. Su oficina está ubicada en el segundo piso. Desde aquí ella, se une a ese extraordinario grupo de seres que han asumido la tarea de  la defensa de los derechos que se adquieren por el hecho de pertenecer a la humanidad, defiende el trato que nos merecemos como personas, el derecho a vivir en libertad, a hablar con franqueza, ser tratadas y tratados con igualdad.

 En algún momento de su vida ella tomó conciencia de que existen muchos tipos derechos, pero los derecho humanos les corresponden absolutamente a toda la humanidad en todas partes, a las mujeres, las niñas y los niños, gente mayor, pobres, jugadores de futbol, maestros, misquitos, pech, cristianos, ateos, tu madre, tu padre, tu vecino y tu,   etc., todos y todas tienen derechos y son universales y están consignados en la Carta Universal de los Derechos Humanos.

Rodeada de obras de arte de artistas hondureños,  nos atisban desde sus paredes altísimas. En esos muros también  cuelgan numerosos diplomas de reconocimiento a sus luchas y las  de  esta entidad,  la cual tiene una reconocida proyección nacional e internacional. Cofadeh funciona como una organización no gubernamental sin fines de lucro, que defiende la vida desde su nacimiento –hace ya 34 años–, también sostiene una lucha sin cuartel  contra las diferentes formas de impunidad.  Desde entonces también reivindica la memoria de las víctimas, mantiene e la evn el escenario de la denuncia el delito de la desaparición forzada. Así se impide que el silencio se convierta en cómplice de los responsables de estos crímenes.

Bertha coordina una organización -cuenta en su haber más de tres décadas de lucha- muy bien estructurada, que sostiene una agenda de propuestas educativas encauzadas a formar conciencia e informar a la ciudadanía hondureña en las temáticas relacionadas con la defensa de los derechos humanos. En este contexto se imparten talleres, charlas, diversas actividades culturales, seminarios, foros radiales, video foros,  conferencias.

 

Nos recibe con una gran sonrisa (pienso, cuando la veo, en los versos de Silvia Plath, “Si la luna sonriese, se te parecería”). De entrada Bertha nos aclara que no está habituada a hablar de sí misma, que nunca se pone delante de los demás,  pero que hace una excepción con la Revista Coquimbo. Yo insisto pues quiero dar a  conocer a nuestras/os lectoras/es   las condiciones históricas en que se forja la conciencia social de una mujer capaz de luchar toda la vida, cómo se forja una personalidad de su temple y de su fuerza.

 

Comienzo preguntándole por su vida, por su niñez. Nos cuenta que ella nació en la aldea de Toro Muerto, perteneciente a la Municipalidad de San Esteban, Departamento de Olancho,  en el seno de una familia común,  –su padre se llamó José Transito Oliva y su madre se llama Agripina Guifarro Paz– un hogar como muchos en los que nace una niña como ella, en una familia numerosa. Fueron dieciséis hermanos, ocho mujeres y ocho hombres. De ellos sobreviven diez, cinco mujeres y cinco varones. En su casa la presencia de la madre y del padre fue una constante. Ahí vivió una niñez plácida. Propia de nuestro mundo rural, con los juegos tradicionales, las leyendas, los baños en el rio, montar caballos, cuidar el ganado, ya que la finca familiar era ganadera, como es tradicional en San Esteban. De su padre y de su madre aprendió los valores humanos esenciales que desde la niñez hasta hoy han guiado su vida. En su cuna conoció la honestidad, la justicia, la lealtad, la generosidad, la solidaridad, la empatía, la compasión y el amor. Recuerda que en su hogar se respiraba respeto por los demás y por lo mismo creció en una casa en donde reinaba la paz. A partir de su adolescencia residió en Tegucigalpa con el objetivo de continuar su formación académica, ese cambio significó un golpe, pero se adaptó a vivir con otra cultura.

 

Estudió comercio, se hizo perito y contadora pública. Pero su aspiración era la de estudiar periodismo, e inició sus estudios en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, UNAH. A pesar de sus esfuerzos no le fue posible culminar esta carrera. Mientras estudiaba periodismo conoció a Tomás Nativí, en 1974. Él jugó el papel  del buen vecino que enseñó a la jovencita rural a vivir en la ciudad, también la enseñó a pensar la política y la geopolítica de otra manera. Aunque él militaba en el Partido Comunista de Honduras –PCH–, nunca la convocó para formar parte de esa organización. Hacia 1980 Tomás rompe con el PCH y ella comienza a comprender la evolución de su pensamiento y de su accionar. Para esas fechas le da vida a una nueva una nueva organización política, la Unión Revolucionaria del Pueblo –URP–. Para entonces ella aún no tenía –puntualiza– una idea precisa de las consecuencias de una ruptura con una organización como el PCH.  Ella no militaba en ese partido ni en ninguna otra institución política de izquierda. Tomás se constituyó en su un maestro y  Bertha continuó sus aprendizajes colaborando, sobre todo,  con el movimiento estudiantil, tanto en la secundaria como en la UNAH, sin ninguna militancia partidaria. Ésta década fue crucial en su vida: comenzó a relacionar un acontecimiento con otro y alcanzó mayor conciencia.

Bertha recuerda que en diciembre de 1980 Tomás la invitó a una reunión en el Parque La Concordia y ahí hablaron y él le tomó las manos y así se inició otra etapa de aquella relación.  Nunca imaginó que aquello tan hermoso duraría tan poco. Amor y trabajo, de ahí en adelante, irían de la mano. En esa ocasión le solicitó que coordinara un movimiento de compañeros del norte al sur y otros del sur al norte. Acordaron que  él tendría que  llamarla a las 10:00 a.m.  y a las 12 m. para verificar la ejecución del traslado de las y los compañeros. Se interrumpió la primera llamada y no recibió la segunda. Esto ocurrió el 23 de diciembre, lo habían detenido. Empezaron a buscarlo junto a su hermana y algunos compañeros  Cinchoneros. El 24 de diciembre fue de búsqueda. Jamás supuso que estaba por descubrir la magnitud de la maldad humana y que entes del Estado podrían estar involucrados en acciones tan brutales; estos acontecimientos la colocaron frente a una realidad que la golpeó en lo más hondo y que abrió una herida que aún hoy no ha sanado. Le costó mucho comprender el que actuaran tan nocivamente en contra de Tomás, la persona que, a su juicio,  era la más buena, altamente moral, leal,  con quien había sostenido conversaciones tan esperanzadoras acerca del futuro de la humanidad. Comenzó a comprender que las críticas de Tomás respecto al papel que jugaban las Fuerzas Armadas de Honduras tenían fundamento, aquellos hechos le daban la razón.

 

Bertha nos cuenta que el 25 de diciembre a Tomás lo abandonan peor que a un perro, en el Kilómetro 6 de la carretera a Olancho. Lo lanzaron a una hondonada pensando que estaba muerto y por ello no le dieron el tiro de gracia. Como pudo Tomás se arrastró hacia la orilla de la carretera y pidió auxilio a un taxista, quien originalmente evadió parar pues lo creyó borracho, pero se apiadó y retornó a recogerlo. Resultó ser un conocido y éste lo rescató medio vivo, medio muerto, por las torturas a que lo habían sometido. Lo condujo a una dirección que Tomás le proporcionó, en dónde se recuperó lentamente. Estos acontecimientos la impelieron a tomar conciencia acerca del complejo tema de la lucha de clases. Sintió indignación por el desapego por la vida humana puesta en evidencia por parte de las autoridades. A partir de diciembre de 1980 y los meses venideros fueron de convalecencia; Bertha se dedica a su cuidado,  son aquellos momentos en los que asume su compromiso, la responsabilidad  de la recuperación de Tomás, al grado que aprendió a inyectar pues su organización lo hizo entrar en la clandestinidad; el  no podía entrar en contacto con desconocidos, en esos días él se convierte en su pareja.

 

Por esas fechas Bertha asumió otras tareas: contribuyó con aquel incipiente proceso revolucionario que comenzaba a gestarse. Sin embargo,  ahora lo puede decir, aclara, la penetración siempre les ha funcionado  a los represores y destruyeron la organización antes de llegar a la madurez. Aprovecharon cualquier información para profundizar las divisiones en los diferentes movimientos sociales que no estén de acuerdo con su línea de pensamiento y acción. Desde el Estado, desde el Gobierno, se imponen políticas nefastas porque son despóticas, dictatoriales.

 

Así se gestó su utopía acerca de la necesidad de liberación de los pueblos, y surgieron en ella sentimientos de liberación. En esos años ella trabajaba con el  Institutito Hondureño de Desarrollo Rural –IHDER–, estaba en contacto con la problemática del desarrollo  agrario y la recuperación de  tierras, lo cual la identificó aún más con las causas populares, aunque ella proviene de una familia que posee tierras y se dedica a la ganadería, ella entendió que debía contribuir a transformar la sociedad en la que le tocó vivir. Cambiar la vida de sufrimiento de los hombres y mujeres que se encuentran en el interior del país. Las condiciones en que habían dejado a Tomás la indignó y la sensibilizó. Siempre supo que ni él,  ni nadie,   merecen ser torturados ni ser privados de su libertad por sus ideales, ni por ningún otro motivo. A Tomás le fracturaron tres costillas del lado izquierdo y dos de lado derecho, le fracturaron una mano,  le dañaron el hígado, sobrevivió  a una tortura salvaje. En esos días de dedicación a su cuidado empezó a querer a Tomás de otra manera, integralmente, amó al hombre que era. Ese amor profundo, mezclado con la admiración y respeto la comprometió con sus causas e hizo propias sus luchas. Ese fue un proceso muy duro, ella sabía que desafiaba el orden establecido, a la familia y las estructuras del poder. Decidieron casarse, aunque para ella esa no era una meta, no era uno de sus sueños. Organizaron una boda civil clandestina, en una comunidad del sur. Félix Martínez, presidente del Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, fue quien la trasladó a aquel lugar, los acompañaron nueve amigos íntimos. Pensó que tendría una noche de bodas normal, aunque su boda no había sido tradicional, estaban por compartir un pequeño pastel cuando dos compañeros llegaron a decirles que debían trasladar a otro lugar a Tomás por razones de seguridad. Los sueños de aquella joven enamorada se frustraron por la persecución de la que fue víctima Tomás. Regresó a casa a esperar una comunicación tranquilizadora, que le indicaran que su esposo había llegado a salvo a su refugio clandestino.

 

Al día siguiente regresó a la vida rutinaria, inercia que se rompía con cada encuentro con su esposo, mezclaban el amor con las tareas políticas, comprometidos con el ideal de construir una Honduras más libre y más justa, contra una estructura de poder construida para mantener la desigualdad, sabían que se enfrentaban a una estructura de terror que podía destruirlos, torturarlos, levantar campañas de odio por sus medios de comunicación. Comenzaron a renunciar a muchas cosas, no porque se habían convertido en insensibles, más bien por necesidad y disciplina, renunciaron a admirar la belleza de la naturaleza, no podían ir al cine, a cenar, o salir de vacaciones. Los riesgos eran demasiado grandes.  Sin embargo, expresa, no se arrepiente de haber elegido ese camino.

 

En 1981 se embaraza. Tuvo que enfrentarse a su familia de valores tradicionales,  a los que amaba y ama, tuvo que renunciar a ellos. Su familia ignoraba todo sobre su nueva vida. En junio de ese año se enteraron que su hija se había casado con Tomás Nativí y que estaba esperando un bebé. Por seguridad también tuvo que dejar su casa, aunque no pasó a la clandestinidad por terquedad, corriendo riesgos hizo cosas hermosas para alcanzar sus nuevas utopías. Cuando Tomás es capturado –junto a Fidel Martínez— se encontraban reunidos en la casa del padre y la madre de Bertha. Está convencida que ellos fueron traicionados y entregados por alguien de alto nivel. Fueron momentos desgarradores que recuerda con mucho dolor y que la marcaron para siempre. Cuando raptaron a Tomás y lo subieron a un vehículo lanzó un grito que aún resuena en sus oídos. Salió tras él para auxiliarlo, relata que todos llevaban capuchón, ella le arrebató la capucha a uno de los captores y les gritó exigiendo la libertad de Tomás y Fidel. Fue golpeada tan fuertemente que perdió el conocimiento. Cuando  recuperó la conciencia se  enteró que la habían tirado en una habitación con otra persona mujer –Bertha cree que fue quien los delató–, allí  fue atada de manos y pies, vendada, con la boca tapada, le tiraron una sábana y la abandonaron. Buscó por diez años a Tomás y otros detenidos desaparecidos bajo el lema de “vivos los llevaron, vivos los queremos” esperaron siempre encontrarlos con vida.

 

Estos hechos la convirtieron en una persona recelosa y suspicaz,  pero no por ello menos comprometida con la defensa de la vida. Cuando le propusieron el exilio se negó rotundamente. Tomó la decisión definitiva de luchar en su país por la democracia, por la libertad y la justicia y no callar a pesar de conocer  la verdadera esencia de las estructuras de terror y los escuadrones de la muerte y el modo en que el poder sometía a la oposición a sus intereses locales e internacionales. Entendió a cabalidad las dimensiones del proyecto continental y mundial emprendido desde los Estados Unidos, comprendió el rol que vino a jugar a nuestro país John Dimitri Negroponte en esos años tan oscuros de nuestra historia, en los que la militarización crecía como un cáncer. La presencia de la contrarrevolución, el modo en que operaban los escuadrones de la muerte, vio cómo se prestaba el territorio de nuestros pueblos para que desde aquí se desestabilizaran los proyectos sociales de otras naciones centroamericanas, advirtió cómo se entregaba el territorio a las bases norteamericanas. Se sintió pisoteada e indignada y decidió no callar ante el sufrimiento de la población hondureña. Se prometió a sí misma no caer jamás en la indiferencia. También se acrecentó su amor por la tierra de nuestras ancestras y ancestros, por nuestros recursos comunitarios, por la gente que sufre por la situación de desigualdad que predomina en nuestro entorno.

 

Ha creado estrategias de lucha en contra analfabetismo político, pues la conciencia nace con el conocimiento y las acciones son el efecto de la conciencia. Tras estos años de lucha ha visto que la indiferencia del pueblo es efecto directo de la falta de conocimiento. Por eso se ha unido a otras y otros para trabajar por el empoderamiento de nuestro pueblo, ha enfrentado tiempos difíciles y está preparada para enfrentar mayores dificultades, pues las fuerzas del bipartidismo quieren destruir toda oposición.  El bipartidismo que ha favorecido este sistema cruel y despiadado. Ha asumido que la verdad y la justicia no se negocian. Lucha porque la justicia se imparta justamente. Contribuir a que se generalice el conocimiento y la aceptación del derecho a la diversidad de posiciones es parte de su compromiso social.

 

Oliva nos asegura que es urgente crear estrategias político sociales para hacer frente a la persecución y aniquilación de la juventud, denunciar y detener el adoctrinamiento militar de la juventud. Ese es el rostro del retroceso violento que se vive en Honduras. Es insoportable ver que los jóvenes no tienen opciones.

Berta es, en definitiva,  una sobreviviente que  sigue empeñada en construir una nueva patria/matria. Cada hora de su vida la encamina a alcanzar sus utopías con alegría y determinación: vendrá el día en el que cada persona será considerada como un ser ético y racional que merece que se le trate con dignidad.

 

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