Estudios de la mujer Blog de Anarella Vélez

2.2. El Segundo Sexo. Simone de Beauvoir. Primera Parte. Cap. II. El punto de vista psicoanalítico


El Segundo Sexo

Simone de Beauvoir

Ediciones Siglo Veinte

Buenos Aires 1977

 

 

Primera Parte

Cap. II. El punto de vista psicoanalítico[1]

 

El inmenso progreso realizado por el psicoanálisis respecto de la psico-fisiología radica en considerar que en la vida psíquica no interviene ningún factor que no revista un sentido humano; lo que existe concretamente no es el cuerpo, objeto descrito por los sabios, sino el cuerpo vivido por el sujeto. La mujer es una hembra en la medida en que se experimenta como tal. Hay hechos biológicos esenciales que no pertenecen a su situación vivida: así la estructura del óvulo no se refleja en esa situación; por el contrario, un órgano sin mayor importancia biológica, como el clítoris, desempeña un papel de primer plano. La naturaleza no define a la mujer: ésta se define a sí misma al retomar a la naturaleza por su cuenta en su afectividad.

 

Desde esta perspectiva se ha edificado todo un sistema: no hemos de criticarlo aquí en su conjunto, sino examinar solamente su contribución al estudio de la mujer. No es una empresa fácil discutir el psicoanálisis. Como todos los sistemas de pensamiento –cristianismo, marxismo-, sobre un fondo conceptos rígidos se muestra fastidiosamente dúctil. Tan pronto toma a las palabras en su sentido más estricto, el término falo, digamos, que señala muy exactamente la excrecencia carnosa que es el sexo macho, como las amplía de manera indefinida y adquieren un valor simbólico: el falo expresaría todo el conjunto del carácter y la situación viriles. Si se ataca la letra de la doctrina, el psicoanalista pretende que se desconoce su espíritu;  si se aprueba el espíritu, quiere encerrarnos inmediatamente en la letra. La doctrina no tiene importancia, dice: el psicoanálisis es un método, pero el éxito del método fortifica al doctrinario en su fe. Por otra parte, ¿dónde encontrar el verdadero rostro del psicoanálisis sino entre los psicoanalistas? Pero entre éstos hay herejes, como entre los cristianos y marxistas, y más de un psicoanalista ha dicho que “los peores enemigos del psicoanálisis son los psicoanalistas”. A despecho de una precisión escolástica a menudo pedante, muchos equívocos no han sido disipados. Como lo señalan Sartre y Merleau-Ponty, la proposición “la sexualidad es co-extensiva a la existencia” puede entenderse de dos maneras muy distintas;  se puede querer decir que todo avatar del existente tiene una significación sexual, o que todo fenómeno sexual tiene un sentido existencial; es posible llegar a una conciliación entre ambas afirmaciones, pero a menudo se limita uno a deslizarse de la una a la otra. Por lo demás, desde que se distingue “sexual” y “genital”,  la noción de sexualidad se vuelve borrosa. “Para Freud,  lo sexual es la aptitud intrínseca de desencadenar lo genital”,  dice Dalbiez. Pero no hay nada más confuso que la idea de “aptitud”, es decir, de posible;  sólo la realidad procura la prueba indudable de la posibilidad. Como Freud no era un filósofo, se negó a justificar filosóficamente su sistema;  sus discípulos pretenden que de ese modo eludió todo ataque de orden metafísico. Sin embargo, detrás de todas sus afirmaciones hay postulados metafísicos: utilizar su lenguaje es adoptar una filosofía. Estas mismas confusiones, que dificultan la crítica, la exigen.

 

Freud no se ha preocupado mucho del destino de la mujer: está claro que ha calcado su descripción sobre la del destino masculino,  algunos de cuyos rasgos se limitó a modificar. Antes que él,  ya el sexólogo Marañón[2] había dicho: “En tanto que energía diferenciada, puede decirse que la libido es una fuerza de sentido viril. Diremos otro tanto del orgasmo”. Según él, las mujeres que alcanzan el orgasmo son mujeres “viriloides”;  el impulso sexual tiene “un sentido único” y la mujer se halla apenas a mitad de camino.[3] Freud no llega hasta allí: admite que la sexualidad de la mujer es tan evolucionada como la del hombre, pero no la estudia para nada en sí misma. Escribe: “La libido,  de manera constante y regular, es de esencia macho, ya aparezca en el hombre o en la mujer”. Se niega a plantear en su originalidad la libido femenina: por lo tanto, ésta se  presentará necesariamente como una desviación compleja de la libido humana en general. Ésta se desarrolla primero, piensa él, de manera idéntica en los dos sexos: todos los niños atraviesan por una etapa oral que los fija al seno materno, después por una fase anal y, por último, alcanza la fase genital: en éste momento ambos sexos se diferencian. Freud ha aclarado un hecho cuya importancia no había sido reconocida del todo antes de él:  el erotismo masculino se localiza definitivamente en el pene, en tanto que en la mujer hay dos sistemas eróticos distintos: uno, clitoridiano, que se desarrolla en el estado infantil, y otro vaginal, que se desarrolla después de la pubertad; cuando el niño llega a la fase genital, su evolución ha terminado; tendrá que pasar entonces de la actitud auto-erótica,    en la que el placer es encarado en su subjetividad, a una actitud hetero-erótica, que vinculará el placer con un objeto, normalmente la mujer;  ese pasaje se producirá en el momento de la pubertad a través de una fase narcisista, pero el pene seguirá siendo el órgano erótico privilegiado, del mismo modo que en la infancia. También la mujer objetivará su libido sobre el hombre a través del narcisismo, pero el proceso será mucho más complejo, porque tendrá que pasar del placer clitoridiano al placer vaginal. Hay una sola etapa genital en el hombre, mientras que hay dos en la mujer; ésta corre mayor peligro de no llegar al cabo de su evolución sexual, permanecer en el estadio infantil y, por lo tanto, desarrollar una neurosis.

 

Ya en el estadio auto-erótico el niño se fija más o menos fuertemente a un objeto: el niño se fija a la madre y quiere identificarse con el padre; se espanta de esta pretensión y teme que su padre le mutile, para castigarlo;  del “complejo de Edipo” nace el “complejo de castración”;  el niño desarrolla entonces sentimientos de agresión contra su padre, pero al mismo tiempo interioriza su autoridad: así se constituye el Súper Yo, que censura las tendencias incestuosas; esas tendencias son rechazadas, el complejo es liquidado y el hijo queda liberado del padre, a quien de hecho ha instalado en sí mismo bajo figura de reglas morales. El Súper Yo es tanto más fuerte cuanto más definido y rigurosamente combatido haya sido el complejo de Edipo. En primer lugar, Freud ha descrito de manera completamente simétrica la historia de la niña; en seguida ha dado a la forma femenina del complejo infantil el nombre de complejo de Electra; pero está claro que lo ha definido menos en sí mismo que a partir de su figura masculina; sin embargo, admite que hay una diferencia muy importante entre los dos: la niña realiza primero una fijación materna, en tanto que el niño no es atraído sexualmente por el padre en ningún momento;  esa fijación es una supervivencia de la fase oral; el niño se identifica entonces con el padre; pero hacia los cinco años de edad la niña descubre la diferencia anatómica de los sexos y reacciona ante la ausencia del pene como un complejo de castración: imagina haber sido mutilada, y sufre; debe entonces renunciar a sus pretensiones viriles, se identifica con la madre y trata de seducir al padre. El complejo de castración y el complejo de Electra se refuerzan el uno al otro; el sentimiento de frustración de la niña es tanto más acerbo cuanto que ama a su padre y se quisiera parecida a él; e,  inversamente, ese pesar fortifica su amor; ella podrá compensar su inferioridad con la ternura que le inspire el padre. Respecto de su madre, la niña experimenta un sentimiento de rivalidad, de hostilidad, pues también en ella el Súper Yo se constituye y las tendencias incestuosas se reprimen, pero el Súper Yo es más frágil: el complejo de Electra es menos neto que el de Edipo, puesto que la primera fijación ha sido materna; y dado que el padre mismo era el objeto de ese amor que condenaba, sus prohibiciones tenían menos fuerza que en el caso del hijo rival. Del mismo modo que su evolución genital, se ve que el conjunto del drama sexual es más complejo en la niña que en sus hermanos: ella puede sentir la tentación de reaccionar ante el complejo de castración,  rechazando su femineidad y obstinándose en codiciar un pene e identificarse con el padre;  esa actitud la conducirá a permanecer en el estadio clitoridiano, se volverá frígida, o se inclinará hacia la homosexualidad.

 

Los dos reproches esenciales que se pueden formular a esta descripción provienen del hecho de que Freud la ha calcado de un modelo masculino. Supone que la mujer se siente un hombre mutilado, pero la idea de mutilación implica una comparación y una valorización;  muchos psicoanalistas admiten hoy día que la niña echa de menos el pene, pero sin suponer que la han despojado de él;  ese mismo pesar no es tan común y no podría nacer de una simple confrontación anatómica; una gran cantidad de niñas sólo descubre tardíamente la constitución femenina, y, si la descubre, es sólo por la vista; el niño tiene una experiencia viva de su pene, que le permite sentirse orgulloso, pero ese orgullo no tiene un correlativo inmediato en la humillación de sus hermanas, porque éstas no conocen el órgano masculino sino en su exterioridad;  esa excrecencia,  ese frágil tallo de carne puede no inspirarles nada más que indiferencia, y hasta repugnancia; la codicia de la niña, cuando aparece, resulta de una valorización previa de la virilidad: Freud la da por aceptada, cuando habría que explicarla. [4] Por otra parte, por no inspirarse en una descripción original de la libido femenina, la noción del complejo de Electra es muy vaga. Ya en los niños la presencia de un complejo de Edipo de orden propiamente genital está lejos de ser general; pero salvo raras excepciones, no se podría admitir que el padre es para su hija una fuente de excitación genital;  uno de los grandes problemas del erotismo femenino es que el placer clitoridiano se aísla; solo hacia la pubertad, vinculadas con el erotismo vagina, se desarrollan una cantidad de zonas erógenas en el cuerpo de la mujer; decir que en una niña de diez años los besos y caricias del padre tienen una “aptitud intrínseca” para provocar el placer clitoridiano es una aserción que, en la mayoría de los casos,   no tiene sentido alguno. Si se admite que el “complejo Electra” sólo tiene un carácter afectivo muy difuso, se plantea entonces toda la cuestión de la afectividad, para la cual el freudismo no nos da medios de definición desde que la distingue de la sexualidad. De todas maneras, no es la libido femenina la que diviniza al padre: la madre no está divinizada por el deseo que inspira al hijo; el hecho de que el deseo femenino se proyecte sobre un ser soberano le da un carácter original, pero no es constitutivo de su objeto, sino que lo sufre. La soberanía del padre es un hecho de orden social, y Freud fracasa al explicarlo; él mismo confiesa que es imposible saber qué autoridad ha decidido en un momento de la historia que el padre la conseguiría por sobre la madre: esa decisión representa un progreso, según él,  pero sus causas no se conocen: “No puede tratarse aquí de la autoridad paterna, porque esa autoridad ha sido conferida al padre precisamente por el progreso”, escribe en su última obra.[5]

 

Adler[6] se separó de Freud por haber comprendido la insuficiencia de un sistema que hace reposar sobre la sola sexualidad el desarrollo de la vida humana: él entiende reintegrarla a la personalidad total; en tanto que en Freud todas las conductas se presentan como provocadas por el deseo, es decir, por la búsqueda del placer, el hombre se le aparece a Adler como encarando ciertas finalidades; substituye el móvil por los motivos, por una finalidad, por ciertos planes: da un lugar tan amplio a la inteligencia que, a menudo, lo sexual adquiere ante sus ojos un valor simbólico. Según sus teorías, el drama humano se descompone en tres momentos: en todo individuo hay una voluntad de poder, pero esa voluntad va acompañada de un complejo de inferioridad, ese conflicto le conduce a emplear subterfugios para evitar la prueba de lo real, que teme no poder superar: el sujeto establece una distancia entre él y la sociedad a la que teme,  y de allí provienen las neurosis, que son una afección de sentido social. En lo que respecta a la mujer, su complejo de inferioridad toma la forma de un rechazo vergonzoso de su femineidad: no es la ausencia del pene lo que provoca ese complejo, sino todo el conjunto de la situación; la niña sólo envidia el falo como símbolo de los privilegios acordados a los varones; el lugar que ocupa el padre en la familia, la preponderancia universal de los machos, la educación, todo la confirma en la idea de la superioridad masculina. Más tarde, en el transcurso de las relaciones sexuales, la postura misma del coito, que coloca a la mujer debajo del hombre, es una nueva humillación. Ella reacciona con una “protesta viril”,  e intenta masculinizarse, o bien se decide a la lucha contra el hombre con armas femeninas. Por medio de la maternidad puede encontrar en el hijo un equivalente del pene. Pero esto supone que comienza por aceptarse integralmente como mujer, es decir, que asume su inferioridad. La mujer está dividida contra sí misma mucho más profundamente que el hombre.

 

No hay por qué insistir acerca de las diferentes teorías que separan a Adler de Freud  y sobre las posibilidades de una reconciliación: ni la explicación por el móvil, ni la explicación por el motivo son nunca suficientes. Todo móvil posee un motivo,  pero éste no es aprehendido nunca sino a través del móvil; por lo tanto, parece realizable una síntesis del adlerismo y del freudismo. De hecho, al hacer intervenir las nociones de objeto y finalidad, Adler conserva integralmente la idea de una causalidad psíquica;  con relación a Freud se halla un poco en la relación de lo energético respecto del mecanicismo: ya se trate de un shock o de una fuerza atractiva, el físico admite siempre el determinismo. Ése es el postulado común a todos los psicoanalistas; según ellos, la historia humana se explica por un juego de elementos determinados. Todos asignan a la mujer el mismo destino. Su drama es llevado al conflicto entre sus tendencias “viriloides” y “femeninas”;  las primeras se realizan en el sistema clitoridiano, y las segundas en el erotismo vaginal; cuando es niña se identifica con el padre: después experimenta un sentimiento de inferioridad con respecto al hombre y se ve en la alternativa de mantener su autonomía, de virilizarse (lo cual, sobre el fondo de un complejo de inferioridad, provoca una tensión susceptible de causar neurosis), o bien de encontrar en la sumisión amorosa una feliz realización de sí misma, solución que le es facilitada por el amor que sentía por el padre soberano;  es a él a quien busca en el amante o el marido, y el amor sexual se acompaña en ella del deseo de ser dominada. La maternidad, que le restituye una nueva especie de autonomía, será su recompensa. Ese drama se presenta dotado de un dinamismo propio; trata de desenvolverse a través de todos los accidentes que lo desfiguran, y cada mujer lo sufre pasivamente.

 

Los psicoanalistas tienen una buena oportunidad de encontrar confirmaciones empíricas para sus teorías: ya se sabe que complicando de modo bastante sutil el sistema de Ptolomeo[7] se pudo sostener durante mucho tiempo que explicaba exactamente la situación de los planetas; al sobreponer al Edipo un Edipo invertido, al mostrar un deseo en toda su angustia, se logrará integrar al freudismo los mismos hechos que lo contradicen. No se puede captar nunca una forma sino a partir de un fondo, y el modo en que es aprehendida la forma recorta ese fondo detrás de ella con rasgos positivos; de esa manera, si nos obstinamos en describir una historia singular con una perspectiva freudiana, encontraremos detrás de ella el esquema freudiano;  pero cuando una doctrina obliga a multiplicar las explicaciones secundarias de una manera indefinida y arbitraria,  y cuando la observación revela tantas anomalías como casos normales, es preferible abandonar los antiguos marcos. Hoy día, cada psicoanalista se dedica a ductilibizar a su manera los conceptos freudianos, e intenta conciliaciones; un psicoanalista contemporáneo, por ejemplo, escribe: “Desde que hay un complejo, hay por definición varios componenetes… Es complejo consiste en el agrupamiento de esos elementos, dispares y no en la representación de uno de ellos por los otros ”. [8] Pero la idea de una simple agrupación de elementos es inaceptable:  la vida psíquica no es un mosaico;  se la entrega toda entera en cada uno de sus momento, y hay que respetar esa unidad. Esto sólo es posible encontrando a través de los hechos dispares la intencionalidad original de la existencia. Por no remontarse a esa fuente, el hombre se presenta como un campo de batalla entre pulsiones y prohibiciones igualmente desprovistas de sentido, y contingentes. En todos los psicoanalistas hay un rechazo sistemático de la idea de elección y de la noción de valor que le es correlativa, y ésa es la debilidad intrínseca del sistema. Freud corta las pulsiones e interdictos de la elección existencial, pero fracasa al explicarnos su origen: los considera ya dados.  Ha intentado reemplazar la noción de valor por la de autoridad, pero Moisés y su pueblo acepta que no hay ninguna manera de explicar esa autoridad. El incesto está prohibido, por ejemplo, porque lo ha prohibido el padre, pero ¿por qué esa defensa? Es un misterio. El Súper Yo interioriza órdenes y defensas que emanan de una tiranía arbitraria; allí están las tendencias instintivas, no se sabe por qué; esas dos realidades son heterogéneas, porque se ha planteado la moral como extraña a la sexualidad; la unidad humana se presenta rota y no hay paso del individuo a la sociedad:   para reunirlos, Freud se ve obligado a inventar extrañas historias. [9] Adler ha visto bien que el complejo de castración no podía explicarse sino en un contexto social; ha engendrado el problema de la valorización, pero no se ha remontado a la fuente ontológica de los valores comprometidos en la secualdida propiamente dicha, lo que le ha llevado a desconocer su importancia.

 

Es indudable que la sexualidad desempeña un papel considerable en la vida humana, al punto de que puede decirse que la penetra por completo, y ya la fisiología has ha mostrado que la vida de los testículos y la del ovario se confunden con la del soma.  El existente es un cuerpo sexuado;  por lo tanto, en sus relaciones con los otros existentes, que también son cuerpos sexuados, la sexualidad se encuentra siempre comprometidad; pero si cuerpo y sexualidad se encuentra siempre comprometida; pero si cuerpo y sexualidad son expresiones concretas de la existencia, también a partir de ésta es posible descubrir su significado: falto de esta perspectiva el psicoanálisis da por sentados hechos sin explicación. Nos dice, por ejemplo, que la niña tiene vergüenza de orinar en cuclillas, con las nalgas desnudas. Pero, ¿qué es la vergüenza?  Del mismo modo, antes de preguntarse si el macho está orgulloso porque tiene un pene, o si en el pene se expresa su orgullo, hay que saber qué es el orgullo y cómo puede encarnarse en un objeto la pretensión del sujeto. No hay que tomar a la sexualidad como un dato irreductible; en el existente hay una “búsqueda del ser” más original; la sexualidad no es más que uno de esos aspectos. Esto es lo que muestra Sartre en El ser y la nada, y es también lo que dice Bachelard en sus obras sobre La Tierra, El Aire y El agua: los psicoanalistas consideran que la verdad primera del hombre es su relación con su propio cuerpo y el cuerpo de sus semejantes en el seno de la sociedad, pero el hombre atribuye un interés primordial a la substancia del mundo natural que le rodea y que intenta descubrir en el trabajo, el juego y en todas las experiencias de “la imaginación dinámica”;  el hombre pretende reunirse concretamente con la existencia a través del mundo entero, aprehendido de todas las maneras posibles. Amasar la tierra y cavar un hoyo son actividades tan originales como el abrazo o el coito: es un error ver en ellos solamente símbolos sexuales; el agujero, lo viscoso, la muesca, la dureza y la integridad son realidades primeras; el interés que el hombre siente por ellas no es dictado por la libido, sino que ésta, por el contrario, será coloreada de acuerdo con el modo en que ellas se les descubran. La integridad no fascina al hombre porque simbolice la virginidad femenina, pero su amor la integridad le vuelve preciosa la virginidad. El trabajo, la guerra, el juego o el arte, definen maneras de ser en el mundo que se dejan reducir a ninguna otra; en ellas se descubren cualidades que interfieren con las que revela la sexualidad; el individuo se elige a la vez a través de ellas y a través de sus experiencias eróticas. Pero sólo un punto de vista ontológico permite restituir la unidad de esa elección.

 

Esta noción de elección es la que rechaza con más violencia el psicoanalista en nombre del determinismo y del “inconsciente colectivo”;  ese inconsciente proveería al hombre de imágenes completamente hechas y un simbolismo universal, y explicaría las analogías de los sueños, actos fallidos, delirios, alegorías y destinos humanos; hablar de libertad sería negarse la posibilidad de explicar esas turbadoras concordancias. Pero la idea de libertad no es incompatible con la existencia de ciertas constantes. Si el método psicoanalítico es a menudo fecundo a pesar de los errores de la teoría, es porque en toda historia singular hay datos cuya generalidad nadie piensa negar: las situaciones y las conductas se repiten; el momento de la decisión brota en la entraña de la generalidad y de la repetición. “La anatomía es el destino”,  decía  Freud; esta frase de Merleau-Ponty le hace eco: “El cuerpo es la generalidad”. La existencia es una a través de la separación de los existentes, y se manifiesta en organismos análogos; por lo tanto, habrá constantes en la vinculación de lo ontológico y lo sexual. En una época dada, los técnicos, la estructura económica y social de una colectividad descubren a todos sus miembros un mundo idéntico: también habrá una relación constante de la sexualidad con las formas sociales; individuos análogos, situados en condiciones análogas, captarán significados análogos en los datos; esa analogía no funda un rigurosa universalidad, pero permite encontrar tipos generales en las historias individuales. El símbolo no se nos presenta como una alegoría elaborada por un misterioso inconsciente: es la captación de un significado a través de lo análogo del objeto significante; a partir del hecho de la identidad de la situación existencial de todos los existentes, y de la identidad de la artificiosidad  que  tienen que  afrontar, los significados se deben de la manera a una gran cantidad der individuos;  el simbolismo no ha caído del cielo ni surgido de las profundidades subterráneas: del mismo modo que el lenguaje ha sido elaborado por la realidad humana que es mitsein[10]al mismo tiempo que separación; prácticamente, el método psicoanalista está obligado a admitirlo, lo autorice o no la doctrina. Esa perspectiva, por ejemplo, nos permite comprender el valor generalmente acordado al pene. [11] Es imposible explicarlo sin partir de un hecho existencial: la tendencia del sujeto a la enajenación; la angustia de su libertad conduce al sujeto a buscarse en las cosas, lo cual es una manera de huir; es una tendencia tan fundamental que inmediatamente después del destete, cuando está separado del Todo, el niño se esfuerza en captar su existencia enajenada en los espejos y en la mirada de sus padres. Los primitivos se enajenan en el maná, en el tótem, los civilizados en su alma individual, en su yo, su nombre, su propiedad, su obra: ésa es la primera tentación de la inautenticidad. El pene es singularmente apto para desempeñar ese papel de “doble” para el niño: es para él un objeto extraño, al mismo tiempo que él mismo; es un juguete, una muñeca y es su propia carne, y los padres y las nodrizas lo tratan como una personita. Se concibe entonces que se convierta para el niño en un “alter ego por lo general más astuto, inteligente y diestro que el individuo”; [12] puesto que la función urinaria y más tarde la erección se hallan a mitad de camino entre los procesos voluntarios y los procesos espontáneos, y puesto que es una fuente caprichosa, casi extraña, de un placer sentido subjetivamente, el pene es planteado por el sujeto como sí –mismo y distinto de sí mismo; la trascendencia específica se encarna en él de manera cautivante y es fuente de orgullo; puesto que el falo está separado, el hombre puede integra a su individualidad la vida que le desborda. Se concibe entonces que la longitud del pene, la potencia del chorro urinario, la erección y la eyaculación sexual, se conviertan para él en la medida de su valor propio. [13] Así, es constante que el falo represente carnalmente la trascendencia; como también es constante que el niño se sienta trascendido, es decir, frustrado en su trascendencia, por el padre, se encontrará, por lo tanto, la idea freudiana de “complejo de castración”. Privada de ese alter ego, la niña no se enajena en una cosa que se pueda tomar, que no se recupera, por donde es conducida a hacerse del todo objeto, a plantearse como el Otro; ya es secundario saber si es o no comparable con los niños, y lo importante es que, aun ignorado por ella, la ausencia del pene le impide volverse presente a sí misma en tanto que sexo, de donde resultarían muchas consecuencias. Pero las constantes que señalamos, sin embargo, no definen un destino: el falo adquiere tanto el valor por que simboliza una soberanía que se realiza en otros dominios. Si la mujer lograse afirmarse como sujeto inventaría equivalente del falo: la muñeca en la cual se encarna la promesa del hijo puede convertirse en una posesión más preciosa que el pene. [14] Hay sociedades de filiación uterina en donde las mujeres conservan las máscaras en las que se enajena la colectividad, y el pene pierde entonces mucho de su gloria. Sólo en la entraña de una situación captada en su totalidad, el privilegio anatómico funda un verdadero privilegio humano. El psicoanálisis no podría encontrar su verdad fuera del contexto histórico.

 

Así como no basta decir que la mujer es una hembra, tampoco es posible definirla por la conciencia que adquiere de su femineidad en el seno de la sociedad de la que forma parte. Interiorizando el inconsciente y toda la vida psíquica, el lenguaje mismo del psicoanálisis sugiere que el drama del individuo se desenvuelve en él: las palabras complejo, tendencias, etcétera, lo implican. Pero una vida es una relación con el mundo; el individuo se define al elegirse a través del mundo y tendremos que volvernos hacia el mundo para responder a las preguntas que nos preocupan. En particular, el psicoanálisis fracasa en la explicación de por qué la mujer es el Otro. Porque el mismo Freud admite que el prestigio del pene se explica por la soberanía del padre, y confiesa que ignora el origen de la supremacía macho.

 

Por lo tanto, sin desechar en bloque los aportes del psicoanálisis,  algunos de cuyos atisbos son fecundos, rechazamos su método. En principio, no nos limitaremos a considerar la sexualidad como un dato: la pobreza de las descripciones concernientes a la libido femenina prueba que se trata de una actitud restringida; ya he dicho que los psicoanalistas no la han estudiado nunca de frente, sino a partir de la libido macho, con lo que parecen ignorar la fundamental ambivalencia de la atracción que ejerce el macho sobre la hembra. Los freudianos y adlerianos explican la angustia experimentada por la mujer ante el sexo masculino como la inversión de un deseo frustrado. Stekel ha visto mejor, que allí hay una reacción original, pero la explica de manera superficial: la mujer tendría miedo de la desfloración, de la penetración, del embarazo y del dolor, y ese miedo frenaría su deseo, explicación demasiado racional. En vez de admitir que el deseo se disfraza de angustia, o es combatido por el temor, habría que considerar como un dato original esa especie de llamado urgente y espantado a la vez que es el deseo hembra, síntesis indisoluble de la atracción y repulsión que lo caracteriza. Es notable que muchas hembras animales huyan del coito en el momento en que lo solicitan; se las acusa de coquetería e hipocresía, pero es absurdo pretender explicar los comportamientos primitivos asimilándolos a  conductas complejas: esos comportamientos, por el contrario, están en el origen de esas actitudes que en la mujer se llaman coquetería e hipocresía. La idea de una “libido pasiva” desconcierta, porque la libido, a partir del macho, se ha definido como pulsión, energía; pero tampoco se concebiría a priori que una luz pueda ser azul y amarilla a la vez: hay que tener la intuición del verde. Nos acercaríamos más a la realidad si en vez de definir a la libido en términos vagos de “energía”, confrontásemos el significado de la sexualidad con el de otras actitudes humanas: tomar, captar, comer, hacer, sufrir, etcétera, porque ella es uno de los modos singulares de aprehender un objeto; habría que estudiar también las cualidades del objeto erótico tal cual se da, no sólo en el acto sexual, sino también en la percepción en general. Ese examen sale del marco  del psicoanálisis, que plantea al erotismo como irreductible.

 

Por otra parte, plantearemos de una manera completamente distinta el problema del destino femenino: situaremos a la mujer en un mundo de valores, y daremos a su conducta una dimensión de libertad. Pensamos que tiene que elegir entre la afirmación de su trascendencia y su enajenación como objeto; la mujer no es juguete de pulsiones contradictorias, sino que inventa soluciones entre las cuales existe una jerarquía ética. Al subsistir el valor por la autoridad, la elección por la pulsión, el psicoanálisis propone un ersatz[15] de la moral: ésa es la idea de normalidad. Cierto que esa idea es muy útil en terapéutica, pero en el psicoanálisis en general ha tomado una inquietante extensión. El sistema descriptivo se propone como una ley, y una psicología mecanicista no podría aceptar, seguramente, la noción de invención moral; en rigor, puede explicar de menos y nunca de más; en rigor adminte fracasos, mas nunca creaciones. Si un sujeto no reproduce en su totalidad la evolución considerada como normal, se dirá que la evolución se ha detenido en marcha, y se interpretará esa detención como una falta, una negación, y nunca como una decisión positiva. Eso es lo que vuelve tan chocante, entre otras cosas, el psicoanálisis de los grandes hombres: se nos dice que tal transferencia o sublimación no ha llegado a efectuarse en ellos; no se supone que tal vez la hayan rechazado y que tal vez tenían sus buenas razones para hacerlo; no se quiere considerar que su conducta ha podido ser motivada por fines planteados  libremente; siempre se explica al individuo en su vinculación con el pasado y no en función de un porvenir hacia el cual se proyecta. Así no nos dan nunca más que una imagen inauténtica, y en la inautenticidad no se podría encontrar otro criterio que la normalidad. Desde ese punto de vista, la descripción del destino femenino es completamente chocante. En el sentido en que lo entienden los psicoanalistas, “identificarse” con la madre o el padre es enajenarse en un modelo, es preferir una imagen extraña al movimiento espontáneo de la propia existencia, es jugar a ser. Se no muestra a la mujer solicitada entre dos modos de enajenación; es del todo evidente que jugar a ser un hombre será para ella una fuente de fracaso; pero jugar a ser una ujer es también un cebo: ser mujer sería ser el objeto, el Otro; y el Otro permanece sujeto en la entraña de su dimisión. El verdadero problema de la mujer, rechazando sus huidas, es cumplirse como trascendencia, por lo que se trata de ver qué posibilidades le abren lo que se llama la actitud viril y la actitud femenina,  cuando un niño sigue el camino señalado por tal o cual de sus padres, tal vez lo hace porque puede retomar libremente sus proyectos: su conducta puede ser el resultado de una elección motivada por determinados fines. Aun en Adler la voluntad de poder no es más que una especie de energía absurda; llama “protesta viril” a todo proyecto donde se encarne la trascendencia; según él, cuando niña se trepa a los árboles lo hace para igualarse a los varones: no imagina que le gusta treparse a los árboles; para la madre, el niño es algo completamente distinto de un “equivalente del pene”, o de escribir, o hacer política, no solamente “buenas sublimaciones” sino fines deseados en sí  mismos. Negarlo es falsear toda la historia humana. Se podrá advertir cierto paralelismo entre nuestras descripciones y las de los psicoanalistas. Es que desde el punto de vista de los hombre –que es el que adoptan los psicoanalistas machos y hembras-  se consideran como femeninas las conductas de enajenación y como viriles aquellas en las cuales un sujeto plantea su trascendencia. Un historiador de la mujer, Donaldson, notaba que las definiciones “el hombre es un ser humano macho, la mujer es un ser humano hembra” han sido mutiladas asimétricamente; entre los psicoanalistas, sobre todo, el hombre es definido como ser humano, y la mujer como hembra: cada vez que ésta se comporta como un ser humano se dice que imita al macho. El psicoanalista nos describe a la niña y la joven solicitadas de identificarse con el padre y la madre, como divididas entre tendencias “viriloides” y “femeninas”, en tanto que nosotros la concebimos vacilante entre el papel de objeto, de Otro, que es propuesto, y la reivindicación de su libertad; así sucederá que estaremos de acuerdo sobre cierto número de hechos y, en particular, cuando consideremos los caminos de fuga inauténticos que se ofrecen a la mujer. Pero no les damos de ningún modo el mismo significado que los freudianos o adlerianos. Para nosotros, la mujer se define como un ser humano en busca de valores en el seno de un mundo de varones, mundo del cual es indispensable conocer la estructura económica y social; nosotros estudiaremos ese ser humano en una perspectiva existencial a través de su situación total.

 

 

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[1] Nota de Anarella Vélez: Los orígenes de la teoría psicoanalítica se remonta a la publicación,  en 1914, del artículo  de Sigmund Freud Recordar, repetir, reelaborar. En dicho texto  expone la historia de su método y su presupuesto teórico, según el cual los problemas  de sus pacientes tenían como causa los deseos y fantasías reprimidas e inconscientes de naturaleza sexual, socialmente inaceptables.

[2] Nota de Anarella Vélez: Gregorio Marañón y Posadillo (Madrid 1887-1960).  Médico, científico, historiador, escritor y pensador español. Humanista y liberal está considerado como uno de los más brillantes intelectuales españoles del siglo XX. De ahí que sus opiniones sobre la mujer se destaquen de manera muy particular.

[3] Es curioso encontrar también esta teoría en D. H. Lawrence. En La serpiente emplumada don Cipriano se cuida de que su amante no llegue nunca al orgasmo: ella debe vibrar de acuerdo con el hombre, pero no individualizarse en el placer.

[4] Esta discusión se retomará mucho más ampliamente en el Capítulo Primero del segundo volumen.

[5] Cf. Moisés y su pueblo, pág. 177 de la traducción de A. Bermann (al francés).

[6] Nota de Anarella Vélez: Alfred Adler (1870-1937) médico y psicólogo austriaco, discípulo de Sigmund Freud. Fundador de lo que se conoció como psicología individual. Se le considera precursor de la moderna psicoterapia.

[7] Nota de Anarella Vélez: Claudio Ptolomeo,  astrónomo, matemático y geógrafo egipcio del egipcio del siglo II de la era cristiana, nace en Tolemaida Hermia (en el Alto Egipto), alrededor del año 100, y viven y trabaja en Alejandría. Su ingenio rivalizó con el del gran Hiparco de Nicea y, en su época, pocos lo sobrepasaron en conocimiento dentro de varios campos científicos, al margen del de la astronomía y cosmología.

[8] Baudouin:  El alma infantil y el psiconálisis.

[9] Freud: Tótem y Tabú.

[10] Nota de Anarella Vélez: El ser es el mitsein, el ser-con, lo característico del ser de la realidad humana consiste en que constituye su ser con las/os otras/as

[11] Volveremos más ampliamente sobre este asunto en el Capítulo Primero del segundo volumen.

[12] Alice Balint: La vida íntima del niño.

[13] Me han citado el caso de niños campesinos que se divertían haciendo concursos de excrementos: el que tenía las nalgas más voluminosas y más sólidas gozaba de un prestigio que ningún otro éxito, ni en los juegos ni en la misma lucha, podía compensar. La materia  fecal desempeñaba aquí el mismo papel que el pene: en ella había igualmente enajenación.

[14] Volveremos sobre estas ideas en la Segunda Parte; sólo las indicamos por ahora a título metódico.

[15] Nota de Anarella Vélez: ersatz, o desambiguación. Sucedáneo. Palabra alemana que literalmente significa sustituto o reemplazo.

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