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2015-A Hacia la construcción de una Historia Feminista.

Una mirada a la Historia de Honduras que no reconozca los progreso de la investigación historiográfica que se alcanzó en las décadas más recientes en el contexto teórico del feminismo está dejando pasar la oportunidad de integrarse a los grandes paradigmas de las ciencias sociales de la actualidad. El  conocimiento de  la Historia de Honduras y sus avances están presentes en ésta propuesta, incorpora nuevos formas de percibir las fuentes de la Historia y asume el reto de construir una nueva narrativa de la Historia. Considero los progresos metodológicos con espíritu crítico y tomo distancia respecto a los antiguos dogmas de nuestra historia. La libertad es el aliento de este trabajo.

 

Por otra parte, es necesario reconocer que el estudio de nuestra historia se encuentra inacabada por el carácter mismo del objeto y la materia historiográfica. Esto es particularmente cierto cuando se considera la emergencia de la Historia de Género, la cual ha sido claramente precedida por las obras de Virginia Woolf, quien a fines de la década de 1920 cuestiona las condiciones en las que vivían las mujeres que le impedían incursionar en la literatura y era ignorada por la historiografía tradicional, como por Simone de Beauvoir, quien con la publicación del Segundo Sexo en 1949 nos induce a pensar la historia de las mujeres para cambiar su condición más allá de la lucha de clases y las invita a tomar el futuro en sus propias manos y en su búsqueda de espacios en la esfera pública para las mujeres, reflexiona acerca de las diferencias biológicas y sociales entre hombres y mujeres.

 

A partir de la década de 1980 nos venimos planteando la necesidad de transformar las exigencias de la narrativa histórica, reclamo histórico de las pioneras del movimiento feminista y de las académicas feministas. Este esfuerzo es notable a partir de la década de 1970 cuando algunas historiadoras de las mujeres buscaron conocer desde perspectivas inter-disciplinarias (en particular, la antropología, la sociología, estudios literarios) y problematizar los enfoques teóricos convencionales de la historia, en los marcos de “general” o “universal”, por una historia “particular”. En 1975, Gerda Lerner se refirió a las primeras etapas en la investigación en la historia de las mujeres como “historia compensatoria” y “historia contributiva“, y se plantea preguntas adicionales en busca de examinar las tensiones culturales de mujeres y varones. Joan Kelly propuso examinar las “relaciones sociales de los sexos“.
Otras, en particular en los Estados Unidos y Gran Bretaña, – asumiendo el legado de la esclavitud africana y los movimientos de emancipación, agravado por el movimiento de derechos civiles de la década de 1960 – llevaron a la práctica de la historia del género su preocupación por la importancia de los temas de la raza y la inseparable intersección con el sexo y la clase. Sus esfuerzos fueron complementados por una nueva generación de mujeres historiadoras negras (norte) americanas que insistieron en que la historia de las mujeres negras debía ser incluida en toda historia de las mujeres. La historia de las mujeres de otros grupos “minoritarios” demanda investigación e inclusión.
Desde comienzos del decenio de 1980, algunas historiadoras académicas han propuesto que la inclusión del concepto “Género” en el discurso histórico produce una historia más amplia y una perspectiva más concluyente. La historia con visión de Género parece teóricamente más satisfactoria porque directamente desafía el sexismo sin nombre “universal” o “generales” de la historia. Muchas historiadoras que primero desarrollaron su propuesta a favor de la historia de género provienen de la historia social y económica –del trabajo– y de la Nueva Izquierda Política. La mayoría han establecido nexos con el marxismo y la teoría crítica y, a veces con la teoría psicoanalítica. Frecuentemente se auto-reconocen como feministas-socialistas, estas historiadoras asumen críticamente la historiografía y las teorías marxistas por considerarla incompleta en relación a los temas específicos de las mujeres en la Historia económica, política y cultural. Objetaron el estudio de los procesos de cambios históricos que desconocían el papel de ellas. Criticaron especialmente la hegemonía del género encerrado en el análisis de “clase”, así como una atención exclusiva en los trabajadores varones (y, a veces, los campesinos). Ellas aportaron un potente marco explicativo, que integra las categorías de “raza” y “sexo”, así como la de “clase”. Además aportaron la importancia equivalente de género.

 

Puestas en este escenario, encontramos que en el campo de la historia económica y social, las publicaciones de María Ryan, La cuna de la clase media (1981) y Family Fortunes: hombres y mujeres de la clase media inglesa, 1780-1830, de Leonore Davidoff y Catherine Hall (1987) expusieron el enorme potencial re-interpretativo de los estudios de género en la formación de la clase media en los Estados Unidos y Gran Bretaña. Recuperaron las experiencias femeninas que la historia de largo alcance ha ignorado. Estas historiadoras colocaron a la mujer y la familia, la religión, el derecho, la propiedad en el centro de sus explicaciones para comprender el éxito económico de Gran Bretaña en la Revolución Industrial. Con su propuesta desafiaron las teorías liberales imperantes en la academia, las cuales se habían construido alrededor de una noción de la autonomía individual (masculina) demostrando por qué detrás de cada individuo de sexo masculino, supuestamente autónomo y empresarial, se instituye una estructura de género de apoyo social en la que las mujeres son el centro. Leonore Davidoff y Catherine Hall cuestionaron las certezas de la historia social, política y económica, las relaciones de género así como las identidades masculinas y femeninas.

En estas décadas, se afianzaron y crecieron las demandas por el reconocimiento de los derechos civiles de las afrodescendientes americanas, las luchas sociales y el surgimiento de nuevos hilos narrativos en la Historia, le aportaron al movimiento feminista del mundo, nuevas dimensiones. En este contexto se desarrollan las perspectivas de análisis de las académicas marxistas inglesas que establecieron la relación jerárquica del género, las manifestaciones del patriarcado y los mecanismos de opresión presentes en el trabajo doméstico y en la producción fuera del ámbito familiar. Establecieron desde el análisis histórico, el vínculo entre la opresión de la mujer y el capitalismo, el racismo, la represión sexual y el patriarcado.
La historia cultural de las mujeres también le debe mucho a la práctica de la Historia con visión de género. En la década de 1980 una serie de teóricas académicas feministas de otras disciplinas comenzaron a cuestionar las categorías conceptuales de “mujer” y “mujeres” en que se basan comunmente la historia de las mujeres. Las más importantes contribuciones a esta corriente teórica provienen de la obra de Denise Riley y Judith Butler. La mayoría de las historiadoras feministas, a pesar de que lucharon con la idea de la base de la biología de la identidad femenina, han reclamado persistentemente la necesidad de reconstruir la categoría “mujer”. Ellas basaron su argumento en una historia política común de la subordinación femenina a la autoridad del varón, precisamente debido a la importancia del cuerpo de las mujeres y su capacidad reproductiva. Se argumenta que las mujeres, aun tomando las vastas y complejas experiencias femeninas, constituyen un grupo colectivo que tiene un pasado para ser investigado y que de ello se obtendrán importantes aprendizajes.

 

El valor del cuerpo de las mujeres en una dimensión más compleja fue subrayada por la autora Laura Lee Downs. Ella señaló que “Si la mujer” no es más que una categoría vacía, “¿por qué tememos que camine sola en la noche?”(1993). Fue la misma Laura Lee Downs quien llamó nuestra atención acerca de las publicaciones de Joan Wallach Scott, historiadora que a finales de 1986, publicó un importante artículo en la American Historical Review en el cual introdujo una nueva definición de género y propone este concepto como “categoría útil de análisis ” y de un “significante de poder”. Scott le dio al género un nuevo giro lingüístico, apropiándose de la herencia teórica de la escuela francesa post-estructuralista, así como de la literatura posmoderna y de los teóricos de los estudios culturales de la Escuela de los Annales.
Joan Scott desarrolló una respuesta compleja y altamente intelectualizada a los académicos escépticos que habían afirmado que la historia de las mujeres no se diferenciaba en absoluto al actual marco del conocimiento histórico. Scott estaba muy bien informada acerca del debate teórico en las Ciencias Sociales, fue una investigadora de archivos y documentos originales y junto a Louise Tilly, e hizo una excepción al desplazarse hacia una teoría inspirada en el análisis del discurso a expensas del trabajo empírico de la historia social (Tilly, 1989). Scott y Tilly discutieron críticamente la historia social y le dieron vuelta al análisis lingüístico con la que surgió la cuestión de “la existencia de un mundo real “. Con sus estudios del trabajo de las mujeres, urbano y rural, en los espacios públicos y privados, develaron el número de mujeres que se incorporaron a las actividades productivas, utilizando fuentes documentales que les permitió establecer correlaciones estadísticas en un período de larga duración, Estos artículos se tradujeron a varios idiomas rápidamente y también fueron ampliamente debatidos,   tanto en América como en Europa, y contribuyeron significativamente a la evolución de la investigación histórica en el análisis de las condiciones que incidieron en la incorporación de la mujer a la producción, su importancia en el proceso productivo en su conjunto y contribuyeron a construir nuevas categorías para el análisis histórico.
Otras autoras, distanciadas de la Nueva Izquierda, de la historia social, o la crítica teórica, si bien se habían comprometido en un análisis de género, – donde género entrañaba la construcción social del sexo en un sistema de sexo / género- algunos años antes que Scott planteara su apuesta filosófica. Parecían menos dispuestas a ver la historia escrita a través del lente de la alta teoría, especialmente la de la pos modernidad (anti-Ilustración) o de adherirse al “giro conceptual” de Joan Scott.

En este grupo de autoras encontramos a la misma Louise Tilly, que vaciaba de sustancia y disminuía la importancia de la experiencia vivida femenina en favor del análisis de discurso o idioma como único árbitro de la experiencia vivida. Tilly se separó de este enfoque, de la versión posmoderna de J. Scott según la cual las cuestiones de género constituyen un intento subvertir la identidad, mostrándola como inestable, cambiante, incluso fragmentada. Autoras como Tilly no encontraron la utilidad de esa perspectiva, no pudieron entender   como las mujeres en todo el mundo estén tratando de determinar su identidad como seres humanos integrales y reclamar su derecho a una historia propia. Algunas sostuvieron que la Ilustración no se trataba estrictamente del establecimiento de la autonomía, del sujeto ( masculino ) racional, sino también fue un trampolín para los derechos de las mujeres.
Esta discusión se intensificó tras décadas de evolución de los movimientos feministas y después del debut de la revista Gender and History, que sucedió en el mismo momento que el lanzamiento de la Journal of Women`s History. Estas constituyeron una fuerte apuesta por la historia del género ( aunque en algunos casos en contra) sobre la historia de las mujeres. Ya en 1988 las jóvenes historiadoras francesas Michele Riot – Sarcey, Eleni Varikas y Christine Plante proporcionaron una lista de razones para justificar su negativa a utilizar el término “histoire des femmes”; su objetivo declarado era “reintegrar a las mujeres en la historia”. Demandaban una historia que fuera “un área de investigación más que una disciplina”.
Eleni Varikas, partiendo de la situación de esta discusión en Francia, donde la política oficial y la política educativa religiosa fomentaba lo universal sobre lo particular, insistió en el futuro de la historia de las mujeres en el sistema académico francés laico para abordar cuestiones históricas. Por su parte, Gisela Bock confrontó la primera edición de Gender and History de 1989 con el argumento de que la historia de las mujeres “concierne no sólo la mitad de la humanidad, sino a toda ella” y que es “la historia de género por excelencia”, olvidándose de la esencia del planteamiento de Joan Scott que buscaba resaltar la importancia de la reflexión teórica acerca del impacto de la cuestión género en la sociedad y repensar la construcción del sujeto histórico. Por su parte, la historiadora de las mujeres de nacionalidad francesa, Françoise Thebaud, se acercó a las controversias desde un ángulo diferente en su libro de 1998 Écrire l`histoire des femmes. Tras un cuidadoso estudio de un inmenso cuerpo de las publicaciones de varios países, afirmó que la historia de género misma debe considerarse parte integrante de la historia de las mujeres. Algunos, aunque con cautela, aprobaron la nueva dirección teórica que Françoise Thebaud proponía.

 

Carol Berkin , en 1991, en un artículo de el Chronicle of Higher Education señaló lo que es “verdaderamente revolucionario” sobre las cuestiones de género y planteó que examinar las cuestiones de género en el estudio de cualquier tema histórico “tiene más de un efecto enriquecedor, puesto que se ponen de manifiesto nuevas cuestiones, desafíos a viejos supuestos y fuerzas de reinterpretación histórica de problemas que una vez planteados es necesario resolver (Dangerous Courtesies’ Assault Women’s History). Asegura que los resultados de los estudios de género sobre las mujeres no pueden ser marginados o sometidos a “cortesías peligrosas”, como un conocimiento paralelo y poco serio.
En esta ardua ruta de construcción de una nueva narrativa historiográfica Joan Hoff, fundadora y co-editora de la Revista Historia de las Mujeres generó una nutrida y tajante disidencia en 1995, cuando, denunció a la categoría “género” de J. Scott como “una categoría postmoderna de parálisis” para la historia de las mujeres (Women’s History Review 3, no. 2). Esto provocó más polémica. El debate continuó en habla francesa y habla inglesa, en Canadá; y en Inglaterra durante la última década del siglo XX se dio un acalorado intercambio entre Penélope Corfield y June Purvis (editora de la Women’s History Review) en una nueva revista llamada Repensando la Historia. Penélope Corfield sostuvo que” la historia de las mujeres va mucho más allá que la historia de género” (que supone la superioridad de este último), mientras que su coautora Purvis y Amanda Wetherill Corfield acusó a Corfield de plantear que ya no Jugaremos más el juego de la Historia de Género(1999).
Sin embargo, otras historiadoras de la mujer mantuvieron sus presupuestos teóricos. Las autoras australianas de Creating a Nation resistieron la deconstrucción post-estructuralista de la categoría “mujer”. Afirmaron que “nuestro proyecto histórico rinde homenaje y depende de manera crucial de los últimos trabajos y conocimientos reales de un sinnúmero de mujeres que de muchas maneras han hecho este trabajo posible. Hilda Smith, una historiadora inglesa de la mujer y de la historia de las intelectuales, se centró en 1999 en la recuperación de las mujeres desde la perspectiva de las relaciones entre los sexos, ocupando la misma posición en contra del enfoque de género post-estructuralista. Sostuvo que este enfoque, privilegia las obras de teóricos (como M. Foucault) “para quiénes las mujeres son rara vez el tema”. “Las mujeres a través de los siglos“, explicó Smith, “han ofrecido explicaciones impresionantes y sistemáticas del poder de los hombres dentro de sus sociedades, para la legitimación de su propio sexo, y por tanto de las relaciones hetero / homosexuales y sociales. Sin embargo, sus ideas, en su mayor parte , han sido ignoradas “(Regionalism, Feminism, and Class: The Development of a Feminist Historian , en Boris y Chaudhuri, p. 37).
En medio de estas fructíferas polémicas, uno de los argumentos más prácticos esgrimidos para enrolarse en la historia de género (y los estudios de género) ha sido su posible recurso a una más amplia adhesión – sobre aquellas que se inclinan por la historia de las mujeres (o los estudios sobre la mujer). Entre ellas figuraban varones estudiosos interesados en la diferencia sexual y en cuestiones de masculinidad ( que en ocasiones sólo quieren escribir sobre “sexo” o cuerpos asexuados). Pionera en la historia de los varones y la historia de la masculinidad en el área de estudios de los varones como un nuevo campo académico. También incluían académicos que participaban más generalmente, en cuestiones que van más allá de las normas de la heterosexualidad, más allá del dualismo masculino / femenino -, estudiosos que desean explorar la construcción social de las sexualidades y han sido pioneros en la historia ” queer” en el área de los estudios ” queer“.
Para otras el genero , simplemente la historia de género parece más objetiva o segura y menos política (es decir, menos feminista). Parece ofrecer una lente a través de la cual ver el pasado, como uno podría utilizar un microscopio o telescopio, en resumen, ofrece una apariencia de distancia crítica del sujeto de estudio. Como una erudita en California observó, “el género es algo que habla sin tener un compromiso con él.”, denotando el rechazo al determinismo biológico implícito en el empleo de términos tales como sexo o diferencia sexual. Otra investigadora de la Europa del Este explicó que era una opción políticamente más aceptable: “En nuestra región la historia de las mujeres se considera de menor importancia y la historia de género suena mejor a nuestros académicos y profesores universitarios que tienen miedo a todo lo relacionado con el feminismo”.

En última instancia, la combinación interrelacionada entre las mujeres y el género ofrece una rica variedad de aproximaciones. Diferentes tópicos se prestan a diferentes combinaciones, y una u otra elección entre “las mujeres” y “género” no es realmente una opción, ya que en términos de interés científico ambas posiciones han aportado a la construcción de una nueva narrativa historiográfica pues no podemos desconocer el impacto que han tenido en nuestras vidas, la cultura, las teorías y las mismas relaciones entre nosotras, las feministas. Sin embargo, yo me decanto por el uso de la categoría “mujeres” a la hora de abordar mi trabajo investigativo, considerando que en América Latina debemos construir nuestro discurso distanciándonos del etnocentrismo, el androcentrismo, el eurocentrismo y una serie de determinismos.

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