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11/01/2012

Nana Toya

Archivado en: Uncategorized — anarellavelez @ 17:30

Nana Toya, 2006,  con Zeuz, el hijo de Maga

Nana Toya, 2006, con Zeuz, el hijo de Maga


Anarella VÉLEZ

La nana Toya ha sido intemporal. No supo, no dijo, de qué lugar o qué tiempo provenía. Recordaba, eso si, que fue entregada por su progenitor, tras la muerte de su madre, a una familia bienavenida, los Tercero, allá en San marcos de Colón, cuando tenía unos 6 años. Ahí creció. Ahora se que habrá nacido alrededor de 1924, un tres de mayo, día de la Cruz.
Tenía grabadas en su fina memoria las vivencias de su empobrecida niñez, las costumbres de su pueblo, de la casa en la que le tocó vivir. No fue a la escuela, las señoritas que la criaron le enseñaron a cuidar las gallinas, los ovejos, los cerdos y las vacas. Aprendió a ordeñarlas de madrugada para luego preparar cuajada y queso y otras delicias de nuestras oriundas tradiciones culinarias. Me contó que en su casa tenían una lora que reflejaba la posición política de la familia, que gritaba vivas a los liberales y del miedo que cundía pues vivían en plena dictadura y los esbirros locales castigaban duramente esas inocentes manifestaciones de oposición.
Recien nacidos llegó a atendernos, como si se tratara de una hada. Fue en los tiempos en que mi madre, médica de profesión, practicó su servicio social en San Marcos de Colón. Nosotros, mi hermano Sergio y yo, fuimos considerados un prodigio por ser gemelos, necesitabamos urgentemente de quien nos cuidara. Así se arraigó esta mujer maravillosa y casta en nuestras vidas. Se convirtió desde entonces en la amiga inseparable de mi madre y en la nana que prodigó cuidados, ternura y sabiduria a aquellas criaturas.
Con una inteligencia natural, la Nana me transmitió los valores propios del mundo rural de nuestro país: el respeto a los mayores, el silencio oportuno, el valor de las palabras, el horror al insulto y las palabras soeces. Sin ser feminista me informó del cuidado que debía tenerse con los hombres y el poder que éstos ejercían sobre nosotras y que por eso ella nunca se casó. Para mi humilde nana el honor y la lealtad debían guiar nuestras decisiones.
Con la sencillez propia de las mujeres sabias de estas tierras supo comunicarnos su particular visión del mundo. Sostenía que la palabra aburrimiento provenía del término burro y por tanto había que huir de esa sensación. También nos comentaba que lo que no se aborda con pasión no puede hacerse bien, que la alegría debe guiar nuestras decisiones. Que cuando uno anda triste todo le sale mal. Detestaba la soberbia, el engaño, la cobardía y la traición. Estos conceptos y valores de nuestra recóndita Honduras han signado mi vida.
Llenó mis años infantiles con las canciones de cuna y las leyendas propias de esas tradiciones que forman parte de nuestro imaginario colectivo, transmitidas oralmente de generación a generación. Me contaba historias terribles. Gracias a su poder narrativo conocí a El Sisimite, La Sucia, El Duende del nanzal, El cadejo, El Comelenguas, El Picudo, El Timbo, El gritón. La nana fue la primera en hablarme de los cuentos tolupanes como aquel de la existencia de hombres de un solo ojo. Así conocí los mitos y leyendas de nuestro pueblo.
Su conversación adquiría fuerza por su permanente recurso de nuestros más reconocidos refranes: mi pacifismo se basa, inicialmente, en ese dicho que ella repetía ante la violencia: A la fuerza, ni la comida es buena. Su rechazo a la estupidez y la superficialidad se reflejaba en el refrán que reza El Tonto ni de Dios goza. Nos enseñó a practicar la libertad de expresión con el uso pertinente de la frase La que tiene más galillo traga más pinol. La interconexión de los hechos la comprendí con aquello de Estos son polvos de aquellos lodos. Y mi comprensión de la nefasta corrupción la debo a su uso del refrán Sacristán que vende cera y no tiene colmenar, o la saca del oído o la saca del altar. Así era ella, lo más puro de nuestra Honduras profunda.
Victoria Betancourth, así se llamó, fue la voz más critica respecto de mis defectos, a ella le debo el fortalecimiento de mis virtudes.
Nuestra nana Toya falleció el 15 de diciembre de 2011 del mismo modo en que vivió, apasiblemente.

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