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2.1. El Segundo Sexo. Simone de Beauvoir. Destino. Los elementos de la biología

Simone de Beauvoir

Simone de Beauvoir

El Segundo Sexo

Simone de Beauvoir

Ediciones Siglo Veinte

Buenos Aires 1977

Primera Parte

DESTINO

LOS ELEMENTOS DE LA BIOLOGÍA

¿La mujer? Es muy sencillo, dicen los aficionados a las fórmulas simplistas: es una matriz, un ovario;  es una hembra, y basta esa palabra para definirla. En boca del hombre el epíteto “hembra” suena como un insulto y, sin embargo, no tiene vergüenza de su propia animalidad y se siente orgulloso, por el contrario, si dicen de él que “¡es un macho!” El término “hembra” no es peyorativo por el hecho de que enraíza a la mujer en la naturaleza, sino porque la confina dentro de los límites de su sexo, y si ese sexo le parece al hombre despreciable y enemigo, aun entre las bestias inocentes es, sin duda alguna, a causa de la inquieta hostilidad que suscita en él la mujer, a ese sentimiento. La palabra hembra despierta en él una zarabanda de imágenes: un enorme óvulo redondo se apodera del ágil espermatozoide y lo castra; monstruosa y cebada, la reina de las termitas reina sobre los machos esclavizados; la manta religiosa y la araña, hartas de amor, trituran a su compañero y se lo devoran;  la perra en celo corre por las callejuelas,  dejando tras de sí una estela de olores perversos;  la mona se exhibe impúdicamente y se niega con hipócrita coquetería; las fieras más soberbias, la tigresa, la leona y la pantera, se acuestan servilmente bajo el abrazo imperial del macho. Inerte, impaciente, astuta, estúpida, insensible, lúbrica, feroz o humillada, el hombre proyecta en la mujer a todas las hembras a la vez. Y el hecho es que ella es una hembra. Pero si se quiere dejar de pensar en lugares comunes, se plantean inmediatamente dos problemas: ¿Qué representa la hembra en el reino animal? ¿Qué especie singular de hembra se realiza en la mujer?

Los machos y las hembras son dos tipos de individuos que se diferencian en el seno de la especie con vistas a la reproducción, y no es posible definirlos sino correlativamente. Pero antes es preciso señalar que el sentido mismo de la sección de las especies en dos sexos no es nada claro.

Dicha sección no se ha realizado universalmente en la naturaleza. Para no hablar sino de los animales, se sabe que entre los unicelulares (infusorios, amibas, bacilos, etcétera),  la multiplicación es fundamentalmente distinta de la sexualidad, pues las células  se dividen y subdividen solitariamente. En algunos metazoarios la reproducción se opera por esquizogénesis, es decir, por un seccionamiento de individuo cuyo origen es también asexuado, o por blastogénesis, es decir, un seccionamiento producido por un fenómeno sexual; los fenómenos de crecimiento y segmentación observados en las hidras de agua dulce, celenterados, esponjas, gusanos y tunicados, son ejemplos muy conocidos. En los fenómenos de partenogénesis el huevo virgen se desarrolla en embrión sin intervención del macho; éste no desempeña ningún papel, o sólo un papel secundario: los huevos de abeja no fecundados se subdividen  y producen abejorros; entre los pulgones, los machos permanecen ausentes durante una serie de generaciones y los huevos no fecundados producen hembras. Se ha reproducido artificialmente por partenogénesis en el erizo de mar, la estrella de mar y la rana. Sin embargo, sucede entre los protozoarios que dos células se fusionan y forman lo que se llama una cigota;   y para que los huevos de la abeja engendren hembras, y los de los pulgones machos, es necesaria la fecundación. Algunos biólogos han deducido de ello que, aun en las especies capaces de perpetuarse de manera unilateral, la renovación del germen, por una mezcla de cromosomas extraños, sería útil para el rejuvenecimiento y vigor de la progenie;  así se comprendería que en las formas más complejas de la vida la sexualidad sea una función indispensable;  sólo los organismos elementales podrían multiplicarse sin sexo, y aun así terminarían por agotar su vitalidad. Pero esta hipótesis es hoy día una de las más controvertidas; las observaciones han probado que la multiplicación asexuada puede producirse indefinidamente, sin que se advierta ninguna degeneración; éste es un hecho particularmente asombroso entre los bacilos; las experiencias partenogenéticas han sido cada vez más numerosas y audaces, y en muchas especies el macho ha resultado radicalmente inútil. Por otra parte, y aunque se demostrase la utilidad de un intercambio intercelular, parecería un hecho puro e injustificado. La biología comprueba la división de los sexos, pero aunque estuviese imbuida de finalismo, no podría deducirla de la estructura de la célula, ni de las leyes de la multiplicación celular, ni de ningún otro fenómeno elemental.

La existencia de gametas[1] heterogéneas no basta para definir a dos sexos distintos;  de hecho, sucede a menudo que la diferenciación de las células generadoras no provoca la escisión de la especie en dos tipos, pues las dos pertenecer a un mismo individuo. Es el caso de las especies hermafroditas, tan numerosas entre las plantas, que también se encuentran entre muchos animales inferiores, anélidos y moluscos, entre otros. La reproducción se efectúa entonces por autofecundación, o por fecundación cruzada. Todavía sobre este punto algunos biólogos han pretendido legitimar el orden establecido. Consideran que el gonocorismo, sistema en el cual las diferentes gónadas[2] pertenecen a individuos distintos, es un perfeccionamiento del hermafroditismo realizado por vía evolutiva;  pero otros, por en contrario, consideran primitivo el gonocorismo, del cual el hermafroditismo sería una degeneración. De todas maneras, esas nociones de la superioridad de un sistema sobre otro, implican, por lo que respecta a la evolución,  teorías muy discutibles. Todo lo que puede afirmarse con exactitud es que esos dos modos de reproducción  coexisten en la naturaleza, que uno y otro realizan la perpetuación de las especies, y que la heterogeneidad de los organismos portadores de gónadas parece tan accidental como la de las gametas. La separación de los individuos en machos y hembras, pues, se presenta como un hecho irreductible y contingente.

La mayor parte de la filosofía lo acepta sin pretender explicarlo. Ya se conoce el mito platónico: en un comienzo había hombres, mujeres y andróginos;  cada individuo poseía doble faz, cuatro brazos, cuatro piernas y dos cuerpos unidos por el cuello;  un día fueron hendidos en dos “al modo en que se rompen los huevos”, y desde entonces cada mitad busca reunirse con su mitad complementaria: los dioses decidieron posteriormente que el acoplamiento de las dos mitades distintas crease nuevos seres humanos. Pero esta historia sólo se propone explicar el amor, y la división de los sexos se toma más bien como elemento de juicio. Aristóteles no va más  allá en la justificación,  porque si en toda acción se exige la colaboración de la materia y de la forma, no es necesario que los principios activos y pasivos sean distribuidos en dos categorías de individuos heterogéneos. Así, Santo Tomás[3] dice que la es un ser “Ocasional”,  y esta es una manera de plantear –con perspectiva masculina- el carácter accidental de la sexualidad. Sin embargo,  Hegel[4] hubiese sido infiel a su delirio racionalista si no hubiera intentado fundarla lógicamente. Según él,  la sexualidad representa la mediación desde la cual el sujeto se alcanza concretamente como género. “El género se produce en él como un efecto contra esa desproporción de su realidad individual, como un deseo de reconocer en otro individuo de su especie el sentimiento de sí mismo uniéndose a él,  de completarse e incluir así el género en su naturaleza y llevarlo a la existencia. Es el acoplamiento” (Filosofía de la Naturaleza, 3ª parte, parágrafo 369). Y dice un poco más adelante: “El proceso consiste en esto, a saber: los que son en sí,  es decir, un género y una sola y misma vida subjetiva, la plantean también como tal”. Y Hegel dice en seguida que para que se efectúe el proceso de acercamiento es preciso que antes haya una diferenciación de los dos sexos. Pero su demostración no es convincente: se siente demasiado en ella la parcialidad de reconocer en toda operación los tres momentos del silogismo. El desplazamiento del individuo hacia la especie, por medio del cual individuo y especie se cumplen en su verdad, podría efectuarse sin tercer término en la simple relación del generador con el niño: la reproducción podría ser asexuada. O la relación del uno con el otro podría ser incluso la relación de dos semejantes, cuya diferenciación reside en la singularidad de los individuos de un mismo tipo, como sucede en las especies hermafroditas. De la descripción de Hegel se desprende un significado muy importante de la sexualidad, pero su error consiste siempre en hacer razón del significado. Al ejercer la actividad sexual los hombres definen los sexos y sus relaciones, así como crean el sentido y el valor de todas las funciones que cumplen, pero ello no está necesariamente implicado en la naturaleza del ser humano. En la Fenomenología de la percepción, Merleau-Ponty[5] hace observar que la existencia humana nos obliga a revisar las nociones de necesidad y contingencia. “La existencia –dice- no tiene atributos fortuitos, ni contenido que no contribuya a darle su forma;  ella no admite en sí misma un acto puro,  porque es el movimiento por medio del cual se asumen los hechos”. Es verdad. Pero también es verdad que hay condiciones sin las cuales el hecho mismo de la existencia se presenta como imposible.  La presencia en el mundo implica rigurosamente la posición de un cuerpo que sea, a la vez una cosa del mundo y un punto de vista sobre ese mundo, pero no se exige que ese cuerpo posea tal o cual estructura particular. En El Ser y la Nada, Sartre discute la afirmación de Heidegger según la cual la realidad humana está consagrada a la muerte, a causa del hecho de su finitud;  establece que una existencia finita y temporalmente ilimitada sería concebible;  sin embargo, si la vida humana no estuviese habitada por la muerte, la relación del hombre con el mundo y consigo mismo se vería tan profundamente trastornada que la definición “el hombre es mortal” parecería entonces algo completamente distinto de una verdad empírica; si fuese inmortal, un existente ya no sería eso que llamamos  hombre. Una de las características esenciales de su destino es que el movimiento de su vida temporal crea detrás y delante de él la infinitud del pasado y del porvenir: la perpetuación de la especie, pues, se presenta como lo relativo de la limitación individual;  así puede considerarse el fenómeno de la reproducción como ontológicamente fundado. Pero aquí hay que detenerse; la perpetuación de la especie no involucra la diferenciación sexual. Aceptado que ésta sea asumida por los existentes, de tal manera que, a su vez, ella entre en la definición concreta de la existencia. No por ello es menos cierto que una conciencia sin cuerpo y un hombre inmortal son rigurosamente inconcebibles, en tanto que es posible imaginar una sociedad que se reproduce por partenogénesis o compuesta por hermafroditas.

En cuanto al papel respectivo de los dos sexos, es este un punto acerca del cual las opiniones han variado mucho, y en principio carecían de todo fundamento científico, pues se limitaban a reflejar mitos sociales. Se ha pensado durante mucho tiempo, y aún se piensa en ciertas sociedades primitivas de filiación uterina, que el padre no tiene participación alguna en la concepción del niño: las larvas ancestrales se infiltrarían bajo forma de gérmenes vivientes en el vientre materno. Con el advenimiento del patriarcado, el macho reivindica ásperamente su posteridad; aún se está obligado a acordar un papel a la madre en la procreación, pero se admite que ella no hace más que llevar y enriquecer el semen viviente: sólo el padre es creador. Aristóteles imagina que el feto es producido por el encuentro entre el esperma y los menstruos: en esa simbiosis la mujer provee solamente una materia pasiva, pues sólo el principio macho es fuerza, actividad, movimiento y vida. Ésa es también la doctrina de Hipócrates[6], quien reconoce dos especies de simientes, una débil o hembra, y una fuerte, que es macho. La teoría aristotélica se perpetuó a lo largo de toda la edad Media y hasta la época moderna. A fines del siglo XVII, Harvey sacrificó una cierva poco después de la cópula y encontró en los cuernos del útero unas vesículas que tomó por huevos, pero que, en realidad, eran embriones. El danés Stenon dio el nombre de ovarios a las glándulas genitales femeninas, que se llamaban hasta entonces “testículos femeninos”, y advirtió en su superficie la existencia de unas vesículas a las que en 1677 Graaf identificó por error con el huevo y les dio su nombre. Se siguió considerando al ovario como un homólogo de la glándula macho. Ese mismo año, sin embargo, se descubrieron los “animáculos espermáticos”,  y se comprobó que penetraban en el útero femenino, pero se creía que allí no hacían más que alimentarse y que el individuo ya estaba prefigurado en ellos;  en 1694, el holandés Hartsaker trazó una imagen del homúnculo oculto en el espermatozoide perdía una especie de muda bajo la cual había parecido un hombrecillo a quien también había dibujado. En esa hipótesis, pues, la mujer se limitaba a enriquecer un principio viviente activo y ya perfectamente construido. Esas teorías no fueron aceptadas universalmente, y las discusiones continuaron hasta el siglo XIX. La invención del microscopio permitió estudiar el huevo animal;  en 1827 Baer identificó el huevo de los mamíferos:  es un elemento contenido en el interior de la vesícula de Graaf, y muy pronto fue posible estudiar su segmentación; en 1835 fueron descubiertos el protoplasma y después la célula; y en 1877 se realizó una observación que mostraba la penetración del espermatozoide en el huevo de la estrella de mar; a partir de entonces quedó establecida la simetría de los núcleos de las dos gametas: el detalle de su fusión fue analizado por primera vez en 1883, por un zoólogo belga.

Pero las ideas de Aristóteles, sin embargo, no perdieron todo su crédito. Hegel estima que los dos sexos deber ser diferentes;  uno será activo, el otro pasivo, y va de suyo que la pasividad será el destino de la hembra. “A causa de esa diferenciación, el hombre es así el principio activo, en tanto que la mujer es el principio pasivo, porque permanece en su unidad no desarrollada”. [7] Y después de que se hubo reconocido al óvulo como principio activo,  los hombres han intentado oponer su inercia a la agilidad del espermatozoide. Hoy día se advierte una tendencia opuesta: los descubrimientos de la partenogénesis han inducido a algunos sabios a reducir el papel  del macho al de un simple agente fisicoquímico. Se ha revelado que en algunas especies la acción de un ácido o una excitación mecánica podrían ser suficientes para provocar la segmentación del huevo y el desarrollo del embrión; a partir de allí se ha supuesto audazmente que la gameta macho no es necesaria para la generación, y que, a lo sumo, es un fermento;  tal vez un día resulte inútil la cooperación del hombre en la procreación, y parece que es ése el deseo íntimo de un gran número de mujeres. Pero nada autoriza a universalizar los procesos específicos de la vida. Los fenómenos de la multiplicación asexuada y de la partenogénesis no parecen ni más ni menos fundamentales que los de la reproducción sexual. Ya hemos dicho que ésta no es a priori privilegiada, pero ningún hecho señala  que sea reductible a un mecanismo más elemental.

Así, recusando toda doctrina a priori y toda teoría azarosa, nos encontramos situados frente a un hecho del cual no es posible proveer ni fundamento ontológico ni justificación empírica, y cuyo alcance no podría comprenderse a priori.  Sólo al examinarlo en su realidad concreta podemos esperar comprender su significado: tal vez entonces se revele el contenido de la palabra “hembra”.

No entendemos proponer aquí una filosofía de la vida, y no queremos definirnos apresuradamente en la querella que opone a finalismo y mecanismo. Sin embargo, es notable que todos los fisiólogos y biólogos empleen un lenguaje más o menos finalista sólo por el hecho de darle un sentido a los fenómenos vitales;  nosotros adoptaremos su vocabulario. Sin decir nada en cuanto respecta a la relación entre vida y conciencia, es posible afirmar que todo hecho viviente señala una trascendencia, que toda función toma cuerpo un proyecto: nuestras descripciones no sobreentienden ninguna otra cosa.

En la gran mayoría de las especies, los organismos machos y hembras cooperan en la reproducción. Ambos están definidos fundamentalmente por las gametas que producen. En algunos hongos y algas las  células que se fusionan para producir el huevo son idénticas;  esos casos de isogamia son significativos en cuanto manifiestan la equivalencia basal de las gametas;  éstas se hallan diferenciadas de una manera general,  pero su analogía sigue siendo sorprendente. Los espermatozoides y los óvulos resultan de una evolución de células primitivamente idénticas: el desarrollo de las células primitivas hembras en oocitos difiere del de los espermatocitos por fenómenos protoplásmicos pero los fenómenos nucleares son sensiblemente los mismos. Hoy día se considera aún válida la idea expresada en 1903 por el biólogo Ancel: “Una célula pro-germinadora indiferenciadas  será macho o hembra según las condiciones que encuentre en la glándula genital en el momento de su aparición, condiciones reguladas por la transformación de cierto número de células epiteliales en elementos nutritivos,  elaboradores de una materia especial”. Ese parentesco originario se expresa en la estructura de las dos gametas, que en cada especie llevan el mismo nombre de cromosomas; que se reducen a la mitad de su número primitivo: esa reducción se produce en los dos de manera análoga; las dos últimas divisiones del óvulo, que terminan en la formación de los glóbulos polares, equivalen a las últimas divisiones del espermatozoide. Hoy día se piensa que la gameta macho o hembra es la que decide la determinación del sexo, según las especies: en los mamíferos es el espermatozoide, que posee un cromosoma heterogéneo respecto de los otros y cuya potencialidad es tan pronto macho como hembra. En cuanto a la transmisión de los caracteres hereditarios se efectúa igualmente por padre y madre, de acuerdo con las leyes estadísticas de Mendel. Es digno de destacar que en ese encuentro ninguna de las gametas tiene privilegio sobre la otra: las dos sacrifican su individualidad, pues el huevo absorbe la totalidad de su substancia. Por lo tanto,  hay dos prejuicios muy corrientes que –al menos en este nivel biológico fundamental- se demuestran falsos: la chispa viviente no está encerrada en ninguna de las dos gametas, y brota cuando ambas se encuentran; el núcleo del óvulo es un principio vital exactamente simétrico al del espermatozoide.   El segundo prejuicio contradice al primero, lo que no impide que a menudo coexistan: es el que sostiene que la permanencia de la especie es asegurada por la hembra, pues la existencia del principio macho es explosiva y fugaz. En realidad, el embrión perpetúa el germen del padre tanto como el de la madre, y los re trasmite juntos a sus descendientes bajo una forma tanto macho como hembra. Es, por decirlo así, un germen andrógino que sobrevive de generación en generación a los avatares individuales del soma.

Dicho esto, falta agregar que entre el óvulo y el espermatozoide se observan diferencias secundarias muy interesantes; la singularidad esencial del óvulo es que se encuentra cargado de materiales destinados a nutrir y proteger al embrión,  pues acumula reservas a costa de las cuales el feto edificará sus tejidos, reservas que no son una substancia viva, sino una materia inerte;  resulta de ello que presenta una forma masiva, esférica o elipsoidal, y que es relativamente voluminoso;  son conocidas las dimensiones que alcanza el huevo de pájaro; en la mujer, el óvulo mide 0,13 mm de diámetro, mientras que en el esperma humano se encuentran 60,000 espermatozoides por mm cúbico; la masa del espermatozoide es sumamente reducida, tiene una cola filiforme, una cabecita alargada, y ninguna substancia extraña lo entorpece, por lo que está completamente vivo; esa estructura le destina a la movilidad, en tanto que el óvulo, donde se encierra el porvenir del feto, es un elemento fijo: encerrado en el organismo hembra,  o suspendido en un medio exterior, espera pasivamente la fecundación; la gameta macho es la que se mueve yendo a su encuentro; el espermatozoide es siempre una célula desnuda, pero el óvulo se halla protegido o no por una membrana, según las especies; aunque, en todo caso, y desde que entra en contacto con él, el espermatozoide lo zarandea, lo hace oscilar y se le infiltra: la gameta macho abandona su cola, la cabeza se le hincha y con un movimiento envolvente gana el núcleo; durante ese tiempo, el huevo forma inmediatamente una membrana que lo cierra a los otros espermatozoides. Entre los equinodermos, cuya fecundación es externa, es fácil observar en torno del óvulo, que flota inerte, la corriente de espermatozoides que se disponen a su alrededor en forma de aureola. Esa competencia es también un fenómeno importante, que se vuelve a encontrar en la mayoría de las especies;  el espermatozoide, mucho más pequeño que el óvulo, es emitido, por lo general, en cantidades mucho más considerables, y así cada óvulo tiene muchos pretendientes.

De ese modo el óvulo, activo en un principio esencial, es decir, el núcleo, es superficialmente pasivo; su masa, encerrada en sí, empastada en sí misma, evoca el espesor nocturno y el reposo de en-si: los antiguos se representaban un mundo cerrado, el átomo opaco, bajo una forma esferoidal; inmóvil, el óvulo espera; el espermatozoide, por el contrario, abierto, menudo, ágil, expresa la impaciencia e inquietud de la existencia. No hay que dejarse arrastrar por el placer de las alegorías: a menudo se ha asimilado el óvulo a la inmanencia y el espermatozoide a la trascendencia;  éste penetra al elemento hembra, renunciando a su trascendencia, a su movilidad:  es atrapado y castrado por la masa inerte que lo absorbe, después de haberle mutilado la cola; es esa una acción mágica inquietante como todas las       acciones pasivas, mientras que la actividad de la gameta macho es racional, es un movimiento mensurable en términos de tiempo y espacio. En verdad, todo esto no son más que divagaciones. Las gametas macho y hembra se funden juntas en el huevo, y juntas se suprimen en su totalidad. Es falso pretender que el óvulo absorbe vorazmente a la gameta macho, y también es falso decir que éste anexa victoriosamente las reservas de la célula hembra, porque en el acto que las confunde se pierde la individualidad de uno y otra. Y, sin duda, para el pensamiento mecanicista, el movimiento es el fenómeno racional por excelencia, pero para la física moderna esa no es una idea más clara que la de la acción o distancia; por lo demás, se ignora el detalle de las acciones fisicoquímicas que conducen al encuentro fecundante. Sin embargo, es posible retener una indicación valedera de esa confrontación. En la vida hay dos movimientos que se conjugan; la vida no se mantiene sino superándose, y no se supera sino a condición de mantenerse; esos dos momentos se cumplen siempre juntos, y es abstracto pretender escindirlos; sin embargo, tan pronto domina el uno como el otro. Las dos gametas, en su unión, se superan y perpetúan a la vez, pero la estructura del óvulo anticipa acerca de las necesidades que han de sobrevenir, y está constituido de tal manera que pueda nutrir la vida que despertará dentro de sí;  el espermatozoide, por el contrario, no está de ninguna manera equipado para asegurar la evolución del germen que suscita.  En desquite, el óvulo es incapaz de producir el cambio que provocará una nueva explosión de vida, mientras que el espermatozoide se desplaza. Sin la explosión de vida, mientras que el espermatozoide se desplaza. Sin la previsión ovular, la acción del espermatozoide sería vana, pero sin la iniciativa de éste, el óvulo no cumpliría sus posibilidades de vida. Concluimos de ello, pues, que el papel de las dos gametas es fundamentalmente idéntico; ambas crean juntas un ser vivo,  en el cual las dos se pierden y superan. Pero en los fenómenos secundarios y superficiales que condicionan la fecundación, la necesaria variante de situación para el estallido de la nueva vida se opera por intermedio del elemento macho, y ese estallido se fija en un organismo  estable por el elemento hembra.

Sería audaz deducir de tal comprobación que el lugar de la mujer es el hogar, pero hay gente muy audaz. En su libro El temperamento y el carácter, Alfredo Fouillée pretendía en otra época definir a la mujer toda entera a partir del óvulo, y al hombre a partir del espermatozoide;  muchas teorías pretendidamente profundas descansan sobre este juego de dudosas analogías. No se sabe bien a qué filosofía de la naturaleza se refieren esos seudo-pensamientos.  Si se consideran las leyes de la herencia, hombres y mujeres han salido igualmente de un espermatozoide y de un óvulo. Supongo que en esos espíritus confusos flotan más bien las supervivencias de la vieja filosofía medieval, según la cual el cosmos era el exacto reflejo de un microcosmos: se imaginaba entonces que el óvulo era un homúnculo hembra,  y la mujer un óvulo gigante. Esos delirios, abandonados desde los tiempos de la alquimia, forman un extraño contraste con la precisión científica de las descripciones sobre las cuales nos fundamos en el mismo instante: la biología moderna no se acomoda bien al simbolismo medieval, pero nuestras gentes no lo miran tan de cerca. Quien sea un poco escrupuloso, sin embargo, aceptará que desde el óvulo hasta la mujer hay un camino muy largo. El óvulo no contiene aún la noción misma de la hembra. Hegel señala con justeza que la relación sexual no se deja reducir a la relación de las dos gametas. Por lo tanto, necesitamos estudiar el organismo hembra en su totalidad.

Ya se ha dicho que en muchos vegetales y ciertos animales inferiores, los moluscos entre ellos, la especificación de las gametas no supone la de los individuos, cada uno de los cuales produce óvulos y espermatozoides a la vez. Aun cuando los sexos se separan, no hay entre ellos barreras estancos, como las que incomunican a las especies; así como las gametas se definen a partir de un tejido original indiferenciado, machos y hembras se presentan como variaciones a partir de una base común. En ciertos animales –el caso más típico es el de la bonelia-, el embrión es primero asexuado, y los azares de su desarrollo son los que deciden ulteriormente su sexualidad.  Hoy día se admite que en la mayor parte de las especies la determinación del sexo depende de la constitución genotípica del huevo. Cuando el huevo virgen de la abeja se reproduce por partenogénesis, da exclusivamente machos; el de los pulgones, en las mismas condiciones, sólo hembras. Cuando los huevos son fecundados, es notable comprobar que –salvo tal vez en ciertas arañas- el número de individuos machos y hembras que se ha procreado es sensiblemente igual; la diferenciación proviene de la heterogeneidad de uno de los dos tipos de gametas; entre los mamíferos, los espermatozoides poseen ya una potencialidad macho, ya una potencialidad hembra;  no se sabe mucho acerca de los elementos que en el transcurso de la espermatogénesis o de la ovogénesis deciden el carácter singular de las gametas heterogéneas; en todo caso, las leyes estadísticas de Mendel bastan para explicar su distribución regular. El proceso de fecundación y el comienzo del desarrollo embrionario se efectúa en ambos sexos de manera idéntica; el tejido epitelial, destinado a evolucionar en gónada, se halla indiferenciado al principio;  sólo en un determinado momento de la maduración se afirman los testículos, y más tardíamente se esboza el ovario. Así se explica que entre el hermafroditismo y el gonocorismo haya una gran cantidad de intermediarios; muy a menudo, uno de los sexos posee ciertos órganos característicos del sexo complementario: el caso más frecuente es el del sapo; en el macho se observa un ovario atrofiado, llamado órgano de Bidder, que artificialmente, es capaz de producir huevos. Entre los mamíferos subsisten vestigios de esa bi-potencialidad sexual; entre otros, el hidrátil pediculado y sésil, el útero masculino, las glándulas mamarias en el macho, y en la mujer el canal de Gärtner y el clítoris. Aun en las especies entre las cuales la división sexual es más pronunciada, hay individuos que son machos y hembras  a la vez: los casos de inter-sexualidad son muchos entre los animales y en el hombre; y entre las mariposas y los crustáceos se encuentran ejemplos de ginandro-morfismo en donde los caracteres machos y hembras se yuxtaponen en una especie de mosaico. Es que, definido gonotípicamente, el feto, sin embargo, es profundamente influido por el medio del cual toma su substancia:  se sabe que entre las hormigas, las abejas y las termitas es el modo de nutrición el que hace de la larva una hembra acabada o el que entorpece su maduración sexual, reduciéndola al rango de obrera; en ese caso, la influencia se extiende a todo el conjunto del organismo;  en los insectos, el soma se define sexualmente en un período muy precoz y no depende de las gónadas. Entre los vertebrados el papel regulador esencial lo desempeñan las hormonas que emanan de las gónadas. Por medio de una cantidad de experiencias se ha demostrado que al hacer variar el medio endocrino era posible actuar sobre la determinación del sexo; otras experiencias de injerto y castración realizadas en animales adultos han conducido a la teoría moderna de la sexualidad: entre los machos y hembras vertebrados el soma es idéntico y es posible considerarlo como un elemento neutro; la acción de la gónada es la que le da sus características sexuales;  algunas de las hormonas secretas operan como estimulantes y otras como inhibidoras;  el mismo tracto genital es de naturaleza somática, y la embriología muestra que se precisa bajo la influencia de las hormonas a partir de esbozos bisexuales. Hay inter sexualidad cuando el equilibrio hormonal no se ha realizado y ninguna de las dos potencialidades sexuales se ha cumplido del todo.

Distribuidos igualmente en la especie, evolucionados de manera análoga a partir de raíces idénticas, los organismos macho y hembra se presentan como profundamente simétricos una vez acabada su formación. Los dos caracterizan por la presencia de glándulas productoras de gametas, ovarios o testículos, puesto que ya se ha visto que los procesos de espermatogénesis[8] y de ovogénesis eran análogos; esas glándulas liberan su secreción en un canal más o menos complejo, según la jerarquía de las especies: la hembra deja escapar el huevo directamente por el oviducto, o lo retiene en la cloaca o en un útero diferenciado antes de expulsarlo;  el macho deja el semen afuera, o está provisto de un órgano copulador que le permite introducirlo en la hembra. Estadísticamente, macho y hembra se presentan, pues,  como dos tipos complementarios. Para captar su singularidad es necesario considerarlos desde un punto de vista funcional.

Es muy difícil dar una descripción generalmente valedera de la noción de hembra; definirla como portadora de óvulos, y al macho como portador de espermatozoides, es muy insuficiente, porque la relación del organismo con las gonadas es extremadamente variable; a la inversa, la diferenciación de las gametas no afecta de modo directo al conjunto del organismo; a veces se ha pretendido que como el óvulo es más grande, consumía más fuerza viva que el espermatozoide;  pero éste es segregado en cantidades infinitamente más considerables, de tal modo que en los dos sexos el desgaste se equilibra. Se ha querido ver en la espermatogénesis un ejemplo de prodigalidad, y en la ovulación un modelo de economía,  pero también en ese fenómeno hay una absurda profusión;  la inmensa mayoría de los óvulos no es fecundada jamás. De todos modos, gametas y gónadas nos ofrecen un microcosmos de todo el organismo,  al que hay que estudiar en forma directa.

Cuando se recorren los distintos grados de la escala animal, uno de los rasgos más notables es que la vida se individualiza de abajo hacia arriba;  abajo sólo se emplea para mantener la especie, mientras que arriba se invierte a través de individuos singulares. En las especies rudimentarias el organismo se deja casi reducir al aparato reproductor; en ese caso hay una primacía del óvulo, el que está dedicado a la hembra, porque es sobre todo el óvulo el que está dedicado a la pura repetición de la vida; pero ésta no es más que un abdomen y su existencia entera es devorada por el trabajo de una monstruosa ovulación. Con relación al macho, alcanza las dimensiones de un gigante, pero a menudo sus miembros no son más que muñones, su cuerpo un saco informe, y todos los órganos degeneran en provecho de los huevos. En verdad, y aunque constituyan dos organismos distintos, machos y hembras pueden entonces ser apenas considerados como individuos, pues no forman sino un solo conjunto de elementos indisolublemente unidos: esos son casos intermedios entre el hermafroditismo y el gonocorismo. Así, entre los entoniscinae, que viven como parásitos sobre el langostino,  la hembra es una especie de morcilla blancuzca, rodeada de laminillas incubadoras que encierran millares de huevos;  en medio de éstos se encuentran minúsculos machos y larvas destinadas a proveer machos de reemplazo. La sujeción del macho enano es más completa aún en el edriolydnus;  éste se halla fijado bajo el opérculo de la hembra,  no tiene tubo digestivo personal, y su papel es únicamente reproductor. Pero en todos esos casos la hembra no está menos esclavizada que él, pues está esclavizada a la especie; si el macho se encuentra como adherido a su esposa, también ella lo está, ya sea a un organismo viviente del cual se nutre como un parásito, ya sea a un substrato mineral; la hembra se consume en producir los huevos que fecunda el macho minúsculo. Cuando la vida adopta figuras un poco más complejas, se esboza una autonomía individual y se reduce el lazo que une a los sexos;  pero, entre los insectos, ambos permanecen estrechamente subordinados a los huevos. A menudo, como sucede entre los efímeros, los dos esposos mueren inmediatamente después del coito y la postura;  a veces, como entre los rotíferos y los mosquitos, el macho, desprovisto de aparato digestivo, perece después de la fecundación, en tanto que la hembra puede alimentarse y sobrevivir:  ello se debe a que la formación de huevos y su postura reclaman un poco de tiempo;  la madre expira una vez que ha sido asegurada la suerte de la generación siguiente. El privilegio de que goza la hembra entre gran número de insectos proviene de que la fecundación es un proceso generalmente muy rápido, en tanto que la ovulación e incubación de los huevos reclaman un largo trabajo. Entre las termitas, la enorme reina, cebada con papilla, y que pone un huevo por segundo, hasta que, ya estéril, es muerta sin piedad, no es menos esclava que el macho enano fijado a su abdomen, que fecunda los huevos a medida que ellas los expulsa. En los matriarcados que constituyen los hormigueros y las colmenas, los machos son importunos a los que se mata en cada estación; en el momento del vuelo nupcial, todas las hormigas machos se escapan del hormiguero y vuelan hacia las hembras;  si las alcanzan y fecundan,  mueren inmediatamente, agotados; si no, las obreras no los dejan volver a entrar y los matan delante de las puertas,  o los dejan morir de hambre;  pero la hembra fecundada tiene un triste destino: se hunde solitariamente bajo la tierra y a menudo perece de agotamiento al poner los primeros huevos; si logra reconstituir un hormiguero, pasa allí dentro encerrada doce años, poniendo sin respiro; las obreras, que son hembras cuya sexualidad ha sido atrofiada, viven cuatro años, pero dedican su vida entera al cuidado de las larvas. Sucede lo mismo con las abejas:  el abejorro que se reúne con la reina en su vuelo nupcial, cae al suelo desventrado; los otros abejorros son recibidos a su regreso a la colmena, donde llevan una existencia ociosa y entorpecedora,  y al comienzo del invierno son ejecutados. Pero las hembras abortadas, que son las obreras, compran su derecho a la vida por medio de un trabajo incesante;  de hecho, la reina es esclava de la colmena;  pone sin descanso, y cuando a la muerte de la vieja reina varias larvas son alimentadas de manera de poder discutir su sucesión, la primera que sale del huevo mata a las otras en la cuna.  Entre las arañas gigantes, la hembra lleva sus huevos en un saco hasta que llegan a su madurez;  ella es mucho más grande y robusta que el macho, sucede que le devora después de la cópula; se observan las mismas costumbre en la manta religiosa, en torno de la cual ha cristalizado el mito de la femineidad devoradora: el óvulo castra al espermatozoide, la manta asesina a su esposo, por lo que esos hechos prefigurarían un sueño femenino de castración. Pero, en verdad, es sobre todo en el cautiverio cuando la manta manifiesta tanta crueldad: en libertad,  y en medio de alimentos lo bastante nutritivos, es muy raro que haga del macho su comida; si se lo come es como la hormiga solitaria, que a menudo se come algunos de sus propios huevos con el fin de tener la fuerza suficiente para poner y perpetuar la especie. Ver en esos hechos un anuncio de la “lucha de sexos”, que enfrenta a los individuos como tales, es divagar. Ni entre las hormigas, las abejas y las termitas,  ni entre las arañas o la manta religiosa, puede decirse que la hembra esclaviza y devora al macho: lo que sucede es que la especie se devora a los dos por caminos diferentes. La hembra vive más tiempo y parece tener mayor importancia, perno posee ninguna autonomía; la postura, la incubación y el cuidado de las larvas componen todo su destino; sus otra funciones se hallan total o parcialmente atrofiadas. En el macho, por el contrario, se esboza una existencia individual. Muy a menudo manifiesta más iniciativa que la hembra en la fecundación; es él quien va a su encuentro y la ataca, la palpa, la toma y le impone el coito; y a veces tiene que combatir contra otros machos. Correlativamente, los órganos de la locomoción, del tacto y de la aprehensión se hallan a menudo más evolucionados en él; muchas mariposas hembras son ápteras[9], en tanto que sus machos tienen alas; los machos tienen colores,  élitros, patas y pinzas más desarrollados;  y, a veces, esa riqueza va acompañada de un vano lujo de colores brillantes. Fuera del coito fugaz, la vida del macho es inútil, gratuita: al lado de la diligencia de las obreras, la ociosidad de los abejorros es un privilegio notable. Pero ese privilegio es un escándalo, y a menudo el macho paga con la vida una futesa  que esboce la independencia. La especie que tiene a las hembras en esclavitud, castiga al macho que se le quiere escapar: lo suprimen brutalmente.

En las formas elaboradas de la vida, la reproducción se convierte en una producción de organismos diferenciados y adquiere una doble faz: mantiene la especie, y crea también individuos nuevos;  ese aspecto innovador se afirma a medida que se confirma la singularidad del individuo.  Es notable entonces que los dos momentos de la perpetuación y la creación se dividan; esa escisión,  ya señalada en el momento de la fecundación del huevo, se vuelve a encontrar en el conjunto del fenómeno generador. Esa división no es ordenada por la estructura misma del óvulo;  la hembra, como el macho, posee cierta autonomía, y su vínculo con el óvulo se relaja; el pez, el batracio y el pájaro hembras son cosas muy distintas de un abdomen; cuanto menos estrecho es el lazo de la madre con el huevo y menos absorbente el trabajo del parto, mayor indeterminación hay en la relación de los padres con su progenie. Puede suceder que se el padre quien se encargue de mantener las vidas recién nacidas, lo que ocurre frecuentemente entre los peces. El agua es un elemento susceptible de llevar los óvulos y la esperma y de asegurar su encuentro; la fecundación en el dominio acuático es casi siempre externa;  los peces no copula: a lo más,  algunos se frotan el uno contra el otro para estimularse. La madre expulsa los óvulos, el padre la simiente: su papel es idéntico. No hay razón para que la madre reconozca a los huevos como suyos más que el padre. En ciertas especies, éstos son abandonados por los padres y se desarrollan sin ayuda; a veces, le ha sido preparado un nido por la madre; y,  a veces, hasta vela por ellos después de la fecundación, pero muy a menudo es el padre quien los toma a su cargo: tan pronto como los ha fecundado, echa lejos a la hembra, quien intenta devorarlos, y los defiende salvajemente contra todo intento de aproximación;  hay algunos que construyen una especie de nido protector, emitiendo capas de una substancia aisladora; también a menudo incuban los huevos en la boca,  o, como el hipocampo, en los pliegues del vientre. En los batracios se observan fenómenos análogos;  éstos no conocen un verdadero coito;  el macho enlaza a la hembra y con su acción estimula la postura; a medida que los huevos salen de la cloaca, el macho deja salir su semen. Muy a menudo –y particularmente en el sapo conocido con el nombre de sapo portero- el padre enrosca los huevos en torno de sus patas y los transporta consigo para asegurar su nacimiento. Entre los pájaros, la formación del huevo en el interior de la hembra se opera con bastante lentitud, pues el huevo es relativamente grueso y no se expulsa con facilidad;  éste tiene con la madre relaciones mucho más estrechas que con el padre, que lo ha fecundado en el transcurso del rápido coito; por lo general, la hembra es quien lo incuba, y después vela por los pequeños; pero con mucha frecuencia, el padre participa en la construcción del nido y en la protección y alimentación de los pequeños; hay casos bastante raros –entre los gorriones, por ejemplo- en los cuales el macho es quien los incuba y cuida. Las palomas macho y hembra segregan en su papo una suerte de leche con la que alimentan a los pajarillos. Lo notable en todos esos casos en los que el padre desempeña un papel nutricio, es que durante el período en el cual se consagra a su progenie, se interrumpe la espermatogénesis;  ocupado en mantener la vida, el macho carece del impulso de suscitar en ella formas nuevas.

La vida adopta las formas más complejas y se individualiza más concretamente entre los mamíferos. Entonces, la escisión de los dos momentos vitales,  mantener y crear, se realiza de manera definitiva en la separación de sexos. Es en este grupo –si sólo se consideran los vertebrados-, donde la madre sostiene con su progenie las relaciones más estrechas y donde más se desentiende el padre. Todo el organismo de la hembra está adaptado a la servidumbre de la maternidad y es dirigido por ella, en tanto que la iniciativa sexual es patrimonio del macho, la hembra es la presa de la especie; durante una o dos estaciones, según los casos, su vida entera es regulada por un ciclo sexual, el ciclo del estro, cuya duración y ritmo de sucesión varían de una especie a otra;  ese ciclo se descompone en dos fases: en la primera hay una maduración de los óvulos (en número variable, de acuerdo con las especies), y en el útero un proceso de nidificación; en la segunda fase se produce una necrosis grasa, que conduce a la eliminación del edificio así elaborado, bajo forma de un derramamiento blancuzco. El estro corresponde al período del celo;  pero en la hembra el celo tiene un carácter pasivo, pues está dispuesta a recibir al macho, le espera; entre los mamíferos incluso ocurre –como también entre los pájaros- que ella lo solicita, pero se limita a dirigirle un llamado por medio de gritos, paseos o exhibiciones, pues no podría imponer el coito. A fin de cuentas, la decisión le corresponde al macho. Ya se ha visto que aun entre los insectos, entre quienes la hembra se asegura tan grandes privilegios a causa del sacrificio total que consiente a la especie, es ordinariamente el macho quien provoca la fecundación; a menudo, entre los peces, él invita a la hembra a la postura con su presencia o per medio del tacto; entre los batracios actúa como agente estimulador. Pero el macho se impone, sobre todo, entre los pájaros y los mamíferos; muy a menudo la hembra lo soporta con indiferencia, y hasta se le resiste. Sea ella provocadora, o consentidora, de todos  modos es el macho quien la toma: ella es tomada. La palabra tiene a menudo un sentido muy preciso: ya sea porque posee órganos adaptados, o porque es el más fuerte, el macho la toma y la inmoviliza; es él quien efectúa activamente los movimientos del coito; entre muchos insectos, y entre los pájaros y los mamíferos la penetra. Ella aparece, así, como una interioridad violada. El macho no hace violencia a la especie, porque ésta no se perpetúa si no se renueva, y perecería si los óvulos y los espermatozoides no se reuniesen; pero la hembra, encargada de proteger al huevo encerrado en ella misma, y a su cuerpo, que es un abrigo para el óvulo, lo substrae también a la acción fecundante del macho se realiza como actividad. Su dominación se expresa por la actitud del coito: en casi todos los animales, el macho está sobre la hembra.  Y,  sin duda, el órgano del cual se sirve es también material, pero se descubre en su aspecto animado: es un útil, en tanto que e esa operación el órgano hembra no es más que un receptáculo inerte. El macho deposita allí su simiente, la hembra la recibe. Así, aunque desempeña en la procreación un papel fundamentalmente activo, la hembra sufre el coito, que la enajena en sí misma por la penetración y fecundación interna; y aunque experimente la necesidad sexual como una necesidad individual, porque si está en celo le  sucede a que a buscar al macho, la aventura sexual, sin embargo, es vivida por ella en lo inmediato, como  una historia interior y no como una relación con el mundo y el otro. Pero la diferencia fundamental entre el macho y la hembra mamíferos consiste en que en el mismo rápido instante, el espermatozoide por medio del cual la vida del macho trasciende en otro, se vuelve extraño para él y se desprende de su cuerpo; así, en el momento en que trasciende su individualidad, el macho se encierra en ella de nuevo. El óvulo, por el contrario, ha empezado a separarse de la hembra cuando, ya maduro, se ha desprendido del folículo para caer en el oviducto; pero penetrado por una gameta extraña, se instala en el útero: violada primero, la hembra es en seguida enajenada; lleva el feto en su vientre hasta un estado de maduración que varía con las especies: el cobayo nace casi adulto, el perro todavía próximo al esta fetal; habitada por otro que se nutre de su substancia, la hembra es a la vez ella misma y distinta de ella misma durante todo el tiempo de la gestación; después del parto nutre al recién nacido con la leche de sus mamas. A tal punto, que no se sabe del todo cuándo puede considerársele autónomo: si en el momento de la fecundación, del nacimiento o del destete. Es notable que cuanto más se presenta la hembra como un individuo separado, más imperiosamente se afirma la continuidad viviente más allá de toda separación; el pez y el pájaro que expulsan el óvulo virgen o el huevo fecundado, son menos atormentados por su progenie que la hembra mamífero. Ésta reencuentra una autonomía después del nacimiento de los pequeños; se establece entonces una distancia entre ellos, y la madre se dedica a los hijos a partir de una separación, después de la cual se ocupa de ellos con iniciativa e intervención, lucha para defenderlos de los otros animales, y hasta se vuelve agresiva. Pero, normalmente, la hembra no busca afirmar su individualidad; no se opone ni a los machos ni a las otras hembras;  no tiene el menor instinto combativo, [10] y, a pesar de las aserciones hoy día controvertidas de Darwin, acepta sin elegir mucho al primer macho que se presenta. No es que no posea cualidades individuales, todo lo contrario: en los períodos en que escapa de la servidumbre de la maternidad puede a veces igualarse al macho: la yegua es tan rápida como el caballo, la perra de caza tiene tanto olfato como el perro, y las monas, sometidas a tests, manifiestan tanta inteligencia como los monos. Pero esa individualidad no es reivindicada por la hembra, que abdica en provecho de la especie, pues ésta reclama esa abdicación.

El destino del macho es muy distinto; acabamos de ver que aun en el acto de su trascendencia se separa y confirma en sí mismo. Ése es un rasgo constante, desde los insectos hasta los animales superiores. Aun los peces y cetáceos, que viven en bancos, confundidos muellemente en el seno de la colectividad la abandonan en el momento del celo; entonces se aíslan y se vuelven agresivos para con los otros machos. La sexualidad es inmediata en la hembra, pero es mediatizada en el macho: hay una distancia que éste llena activamente entre el deseo y su satisfacción: se mueve, busca, palpa a la hembra, la acaricia, la inmoviliza antes de penetrarla; los órganos que sirven para las funciones de relación, locomoción y aprehensión están a menudo más desarrollados en él. Es notable que el impulso viviente que produce en él la multiplicación de los espermatozoides se traduce también por la aparición de un plumaje brillante, escamas brillantes, cuernos, crines y melena, y en su canto y exuberancia; ya no se piensa que la “librea nupcial” con que se cubre en el momento del celo, y sus exhibiciones seductoras, tengan una finalidad selectiva; pero manifiestan la potencia de vida que, con lujo gratuito y magnífico, se expande entonces en él. Esa generosidad vital, la actividad desplegada con vistas a la cópula y, en el coito mismo, la afirmación dominadora de su poder sobre la hembra, contribuyen en conjunto a plantear al individuo como tal en el momento de su trascendencia viviente. En esto tiene razón Hegel cuando ve en el macho elementos subjetivos, en tanto que la hembra permanece envuelta dentro de la especie. Subjetividad y separación significan inmediatamente conflicto. La agresividad es una de las características del macho en celo; no es posible explicarla por la competencia, pues el número de hembras es sensiblemente igual al de machos y, por el contrario, tal vez se explique la competencia a partir de esa voluntad combativa. Se diría que, antes de procrear, el macho reivindica como del todo suyo al acto que perpetúa a la especie, y quiere confirmar en lucha contra sus congéneres la verdad de su individualidad. La especie habita a la hembra y absorbe gran parte de su vida individual;  el macho en cambio, integra a su vida individual las fuerzas vivientes específicas. Él también sufre leyes que le trascienden, sin duda, y hay en él espermatozoides y un celo periódico, pero esos procesos interesan al conjunto del organismo mucho menos que el ciclo del estro; la producción de espermatozoides no es fatigosa, como tampoco lo es la ovogénesis propiamente dicha: el trabajo absorbente para la hembra es la transformación del huevo en un animal adulto. El coito es una operación rápida, que no disminuye la vitalidad del macho. No manifiesta casi ningún instinto paternal. Muy a menudo, el macho abandona a la hembra después de la cópula. Cuando se queda a su lado como jefe de un grupo familiar (familia monogámica, harén o rebaño),  desempeña un papel protector y nutricio con respecto al conjunto de la comunidad; es raro que se interese directamente en los hijos. Entre esas especies favorables a la expansión de la vida individual, el esfuerzo del macho hacia la autonomía –que entre los animales inferiores causa su pérdida- se ve coronado por el éxito. El macho es generalmente más grande que la hembra, más robusto, más rápido y más aventurero; lleva una vida más independiente, y sus actividades son más gratuitas; es más conquistador, más imperioso: en las sociedades animales es siempre el que manda.

En la naturaleza no hay nada que sea del todo claro: los dos tipos, macho y hembra, no se distinguen siempre con nitidez; se observa a veces entre ellos un dimorfismo –color del pelaje, disposición de las manchas y pintas- que parece absolutamente contingente; puede suceder, por el contrario, que llegan a no ser discernibles y que sus funciones se diferencian apenas, como se ha visto entre los peces. En su conjunto, sin embargo, y sobre todo en la parte superior de escala animal, los dos sexos representan dos aspectos diversos de la vida de la especie. Su oposición no es, como se ha pretendido una oposición entre sujeto activo y sujeto pasivo: no sólo el núcleo ovular es activo, sino que hemos visto también que el desarrollo del embrión es un proceso viviente y no un desarrollo mecánico. Sería muy simple definir dicha oposición como la del cambio y la permanencia: el espermatozoide sólo crea porque mantiene su vitalidad en el huevo, y el óvulo no puede mantenerse sino superándose, pues de lo contrario se produce una regresión y degenera. Sin embargo, lo cierto es que en las operaciones de mantener y crear –ambas activa- la síntesis del devenir no se realiza de la misma manera. Mantener es negar la dispersión de los instantes, es afirmar la continuidad en el curso de su ascenso; crear es hacer brotar en el seno de la unidad temporal un presente irreductible, separado; y también es verdad que en la hembra, a despecho de la separación, lo que busca realizarse es la continuidad de la vida, en tanto que la separación en fuerzas nuevas e individualizadas es suscitada por la iniciativa del macho; a éste le es permitido, pues, afirmarse en su autonomía e integrar a su propia vida la energía específica; la individualidad de la hembra, por el contrario, es combatida por el interés de la especie, y se presenta como poseída por potencias extrañas: enajenada. Y por eso, cuanto más se afirma la individualidad de los organismos, la oposición de los sexos no se atenúa, todo lo contrario. El macho encuentra caminos cada vez más diversos para emplear las fuerzas de las que se vuelve amo; la hembra siente cada vez más su servidumbre, pues se agudiza el conflicto entre sus intereses propios y los de las fuerzas generadoras que la habitan. La aparición de las vacas y yeguas es mucho más dolorosa y peligrosa que la de las ratas y conejas. La mujer, la más individualizada de las hembras, es también la más frágil, la que vive más dramáticamente su destino, y la que se distingue más profundamente de su macho.

En la humanidad, como en la mayor parte de las especies, nacen individuos de ambos sexos por partes más o menos iguales (100 niñas por 104 varones); la evolución de los embriones es análoga; sin embargo, el epitelio primitivo permanece en estado neutral durante más tiempo en el feto hembra, y resulta de ello que está sometido más largamente a la influencia del medio hormonal y que su desarrollo se encuentra invertido más a menudo; la mayor parte de los hermafroditas serían sujetos genotípicamente femeninos que se habrían masculinizado ulteriormente: se diría que el organismo macho se define sin esfuerzo como macho, en tanto que el embrión hembra vacila en aceptar su feminidad; pero esos primeros balbuceos de la vida fetal son muy mal conocidos todavía para que sea posible asignarles un sentido. Una vez constituidos, los aparatos genitales son simétricos en los dos sexos; las hormonas de uno y otro pertenecen a la misma familia química, la de los esteroles[11], y en último análisis derivan todos de la colesterina, y son ellas las que ordenan las diferenciaciones secundarias del soma[12]. Ni sus fórmulas, ni las singularidades anatómicas, definen a la hembra humana como tal. Lo que la distingue del macho es su evolución funcional. Comparativamente, el desarrollo de hombre es simple. Desde su nacimiento hasta la pubertad crece casi regularmente; hacia los quince o dieciséis años empieza la espermatogénesis, que efectúa de manera continua hasta la vejez; su aparición se acompaña con una producción de hormonas que precisa la constitución viril del soma. Desde entonces, el macho tiene una vida sexual que se integra normalmente a su existencia individual:  en el deseo, en el coito, su trascendencia hacia la especie se confunde con el momento subjetivo de su trascendencia: él es su cuerpo. La historia de la mujer es mucho más compleja. La provisión de oocitos queda definitivamente constituida a partir de la vida embrionaria: el ovario contiene alrededor de cincuenta mil óvulos, encerrados cada uno en un folículo,  de los que sólo unos cuatrocientos llegarán a madurar; ya desde su nacimiento la especie se ha apoderado de ella, e intenta afirmarse; al llegar al mundo, la mujer atraviesa una especie de primera pubertad;  los oocitos aumentan repentinamente; después, el ovario se reduce en una quinta parte más o menos: se diría que se concede un descanso a la niña; mientras su organismo se desarrolla, su sistema genital permanece más o menos estacionario: ciertos folículos se hinchan, pero sin llegar a madurar; el crecimiento de la niña es análogo al del niño, y a edades iguales hasta es más alta y más pesada que él. Pero, en el momento de la pubertad la especie refirma sus derechos; bajo la influencia de las secreciones ováricas aumenta la cantidad de los folículos en vías de crecimiento, el ovario se congestiona y agranda, uno de los óvulos madura y se inicia el ciclo menstrual;  el sistema genital adquiere entonces su volumen y forma definitivas, el soma se feminiza y se establece el equilibrio endocrino. Es notable que ese acontecimiento se produzca bajo forma de crisis; el cuerpo de la mujer no permite que la especie se instale en ella sin oponerle resistencia, y ese combate la debilita y pone en peligro: antes de la pubertad mueren casi tantos varones como niñas: entre los catorce y los dieciocho años, mueren 128 niñas por cada 100 varones, y entre los dieciocho y los veintidós,  105 por ciento. En ese momento aparecen a menudo clorosis, tuberculosis, escoliosis, osteomielitis, etcétera. En ciertos sujetos la pubertad es anormalmente precoz, como que puede producirse a los cuatro o cinco años. En otros, por el contrario, no se declara, y el sujeto es entonces infantil y padece de amenorrea o dismenorrea[13].  Ciertas mujeres presentan signos de virilidad: un exceso de secreciones elaboradas por las glándulas suprarrenales les da caracteres masculinos. Esas anomalías no representan de ninguna manera victorias del individuo sobre la tiranía de la especie; no hay ninguna manera de escapar de ésta, porque al mismo tiempo que esclaviza la vida individual, la alimenta; esa dualidad se expresa al igual de las funciones ováricas; la vitalidad de las mujeres tiene sus raíces en el ovario, así como la del hombre se encuentra en los testículos: en ambos casos, el individuo castrado no es sólo estéril, sino que experimenta una regresión y degenera; no “formado”, mal formado, el organismo entero se encuentra empobrecido y desequilibrado; sólo le es posible evolucionar con el desarrollo del sistema genital y, sin embargo muchos fenómenos genitales no interesan a la vida particular del sujeto, y hasta la ponen en peligro. Las glándulas mamarias, que se desarrollan en el momento de la pubertad, no desempeñan ningún papel en la economía individual de la mujer: en cualquier momento de su vida es posible extirparlas. Muchas secreciones ováricas tienen su finalidad en el óvulo, en su maduración, en la adaptación del útero a sus necesidades: para el conjunto del organismo representan un factor de desequilibrio antes que de regulación; la mujer se adapta más a las necesidades del óvulo que a sí misma. Entre la pubertad y la menopausia en ella se desarrolla una historia que no le concierne personalmente. Los anglosajones llaman a la menstruación the curse, “la maldición”; y el ciclo menstrual, en efecto no hay ninguna finalidad individual. En tiempos de Aristóteles se creía que cada mes fluía una sangre destinada a constituir en caso de fecundación la sangre y la carne del niño: la verdad de esa vieja teoría es que la mujer esboza sin descanso el trabajo de la gestación. Entre los mamíferos, ese ciclo del estro sólo se desarrolla durante una estación y no les acompaña de ningún flujo sanguíneo: sólo entre los monos superiores y en la mujer se cumple cada mes en medio del dolor y la sangre. [14] Durante catorce días, más o menos, uno de los folículos de Graaf que envuelven a los óvulos aumenta su volumen y madura, en tanto que el ovario segrega la hormona situada al nivel de los folículos, llamada foliculina. Al decimocuarto día se efectúa la postura: la pared del folículo se rompe (lo que a veces acarrea una ligera hemorragia) y el huevo cae en la trompas, mientras la cicatriz evoluciona de modo que constituye el cuerpo amarillo.  Entonces comienza la segunda fase, o fase luteínica, que se caracteriza por la secreción de la hormona llamada progestina,  que actúa sobre el útero. Éste se modifica: el sistema capilar de la pared se congestiona, ésta se pliega, formando una especie de encaje, y así se edifica en la matriz una cuna destinada a recibir el huevo fecundado. Como esas transformaciones celulares son irreversibles, en los casos en que no hay fecundación, el edificio no se reabsorbe: tal vez entre los otros mamíferos los despojos útiles son arrastrados por  los vasos linfáticos. Pero en la mujer, una vez que los encajes  endometrales desaparecen, se produce una exfoliación de la mucosa, los capilares se abren y rezuma al exterior una masa sanguínea. Después,  mientras el cuerpo amarillo degenera, la mucosa se reconstituye y comienza una nueva fase folicular. Este proceso complejo, todavía bastante misterioso en sus detalles, conmociona al organismo entero, pues se acompaña de secreciones hormonales que reaccionan sobre la tiroides y la hipófisis, sobre el sistema nervioso central y el sistema vegetativo y, por consiguiente, sobre todas las vísceras. Casi todas las mujeres

–más del 85 por ciento-  presentan turbaciones durante este período.  La tensión arterial se eleva antes del comienzo del flujo sanguíneo y se reduce en seguida; aumenta la velocidad del pulso y a veces la temperatura; los casos de fiebre son frecuentes, se presentan dolores abdominales; se observa a menudo una tendencia a la constipación, y en seguida diarrea; también suele haber aumento de volumen del hígado, retención de la urea, albuminuria; muchas mujeres presentan una hiperemia de la mucosa pituitaria (dolor de garganta), y otras turbaciones del oído y la vista; aumenta la secreción del sudor, que al principio se acompaña de un olor sui generis, que puede ser muy fuerte y persistir durante toda la menstruación. Aumenta el metabolismo basal y disminuye el número de glóbulos rojos;  sin embargo, la sangre transporta substancias que por lo común se mantienen en reserva en los tejidos, en particular sales de calcio; la presencia de esas sales reacciona sobre el ovario, sobre la tiroides, que se hipertrofia, y sobre la hipófisis, que preside la metamorfosis de la mucosa uterina y cuya actividad ha aumentado; esa inestabilidad de las glándulas acarrea una gran fragilidad nerviosa: alcanza al sistema central, a menudo hay cefalea y el sistema vegetativo reacciona con exageración: se produce entonces una disminución del “control” automático por el sistema central, con lo que se liberan reflejos y complejos convulsivos, y se produce entonces una disminución del “control” automático por el sistema central, con lo que se liberan reflejos y complejos convulsivos, y se produce un humor sumamente inestable; la mujer se muestra más emotiva, más nerviosa e irritable que de costumbre, y puede presentar graves perturbaciones psíquicas. En ese período experimenta del modo más penoso que su cuerpo es una cosa opaca que le es enajenada;  se siente presa de una vida obstinada y extraña, que cada mes hace y deshace en ella una cuna; cada mes, un niño se prepara para nacer, y aborta en el naufragio de los encajes rojos; la mujer, como el hombre, es su cuerpo; [15] pero su cuerpo es distinto de ella.

La mujer experimenta una enajenación más profunda cuando el huevo fecundado desciende al útero y allí se desarrolla;  es verdad que la gestación es un fenómeno normal que, si se produce en condiciones normales de salud y nutrición es perjudicial para la madre, y hasta se establecen entre ella y el feto ciertas interacciones que le son favorables; sin embargo, contrariamente a una teoría optimista cuya utilidad social es demasiado evidente, la gestación es un trabajo fatigoso que no ofrece a la mujer ningún beneficio individual y le exige, por el contrario, pesados sacrificios. [16] En los primeros meses se acompaña a menudo de fiebres, y la madre alimenta al recién nacido se observan en ninguna otra hembra doméstica, y que manifiestan la rebelión del organismo contra la especie, que se apodera de él; se empobrece en fósforo; en calcio, en hierro, déficit este último que luego será difícil subsanar; la súper actividad del metabolismo exalta el sistema endocrino; aumenta la excitabilidad del sistema nervioso vegetativo; y en cuanto a la sangre, disminuye su peso específico, está anémica y es análoga “a la de los ayunadores, los desnutridos, las personas que han sufrido repetidas sangrías y los convalecientes”.[17] Todo lo que una mujer sana y bien alimentada puede esperar después del parto es recuperar sin demasiado trabajo su desgaste, pero en el curso del embarazo se producen a menudo graves accidentes, o la menos peligrosos desórdenes, y si la mujer no es robusta y su higiene no ha sido cuidada como es debido, se verá prematuramente deformada y envejecida por las maternidades: ya se conoce cuán frecuente es este caso en el campo. El mismo parto es doloroso y peligroso. En esa crisis es cuando se ve con más evidencia que el cuerpo no siempre satisface a la especie y al individuo juntos;  puede suceder que el niño muera, y también que al nacer mate a la madre o le provoque una enfermedad crónica. La lactancia es también una servidumbre agotadora; un conjunto de factores –el primero de los cuales, sin duda, es la aparición de una hormona, la progestina- provoca la secreción de la leche en las glándulas mamarias; su ascensión es dolorosa, se acompaña a menudo de una falta de apetito y de vómitos que no en detrimento de su propio vigor. El conflicto especie-individuo en el parto adquiere a veces un aspecto dramático, da al cuerpo femenino una inquietante fragilidad. Se dice caprichosamente que las mujeres “tienen enfermedades en el vientre”,  y es verdad que encierran dentro de sí un elemento hostil: así,  las falsas metritis son producidas por una reacción de la mucosa uterina, ante una excitación ovárica anormal; si el cuerpo amarillo persiste en vez de reabsorberse después de la menstruación, provoca salpingitis y endometritis, etc. La mujer escapa de sus compromisos con la especie por una crisis también difícil; entre los cuarenta y cinco y cincuenta años se desarrollan los fenómenos de la menopausia, inversos a los de la pubertad. La actividad ovárica disminuye y hasta desaparece, y esa desaparición entraña un empobrecimiento vital del individuo. Se supone que las entraña un empobrecimiento vital del individuo. Se supone que las glándulas catabólicas, tiroides, e hipófisis, se esfuerzan en suplir las insuficiencias del ovario, y así, junto con la depresión de la edad que avanza, se observan fenómenos de sobresalto, tufaradas de calor, hipertensión y nerviosidad; a veces hay también un recrudecimiento del instinto sexual. En ese momento, algunas mujeres fijan grasas a su organismo, y otras se virilizan. En muchas de ellas se establece el equilibrio endocrino. Entonces la mujer se encuentra liberada de las servidumbres de la hembra; no es comparable con un eunuco, porque su vitalidad está intacta;  sin embargo, deja de ser víctima de potencias  que la desbordan y coincide consigo misma. A veces se ha dicho que las mujeres de edad constituían “un tercer sexo” y, en efecto, no son machos, pero ya tampoco son hembras, y esa autonomía fisiológica se traduce a menudo en una salud, equilibrio y vigor que antes no tenían.

A las diferenciaciones propiamente sexuales se superponen en la mujer singularidades que son sus consecuencias más o menos directas; su soma está determinado por acciones hormonales. Término medio, ella es más pequeña que el hombre, menos pesada, su esqueleto es más delgado, el bacinete más amplio, adaptado a las funciones de la gestación y del parto; su tejido conjuntivo fija grasas y sus formas son más redondas que las del hombre; el aspecto general: morfología, piel sistema piloso, etcétera, es netamente distinto en los dos sexos. La fuerza muscular es mucho menor en la mujer: más o menos, los dos tercios de la del hombre; más o menos, los dos tercios de la del hombre; tiene menor capacidad respiratoria: los pulmones, la tráquea y la laringe son también menores; la diferencia de la laringe entraña también la de la voz. El peso específico de la sangre es menor en las mujeres: hay menor fijación de la hemoglobina; por lo tanto, son menos robustas y están más dispuestas para la anemia. Su pulso late con más rapidez, su sistema vascular es más inestable: se ruborizan fácilmente. La inestabilidad es un rasgo asombroso de su organismo en general; entre otros ejemplos, la estabilidad del hombre se manifiesta en el metabolismo del calcio, en tanto que la mujer fija mucho menos las sales de cal, pues las elimina durante las reglas y el embarazo; parece que los ovarios y en la tiroides, que en ella se encuentra más desarrollada que en el hombre, y la irregularidad de las secreciones endocrinas reacciona sobre el sistema nerviosos vegetativo; el “control” arrastra su emotividad, ligada directamente a las variaciones vasculares: latidos de corazón, rubor, etcétera, razón por la cual están sujetas a manifestaciones convulsivas: lágrimas, risa loca, crisis de nervios.

Se ve que muchos de esos rasgos provienen aún de la subordinación de la mujer a la especie. Esa es la conclusión más notable de este examen: de todas las hembras mamíferas, la mujer es la que está más profundamente enajenada y la que rechaza con más violencia esa enajenación; en ninguna hembra la esclavización del organismo a la función reproductora es tan imperiosa ni es tan difícilmente aceptada; la crisis de la pubertad y de la menopausia, la “maldición” mensual, el embarazo largo y a menudo difícil, los partos dolorosos y a veces peligrosos, y las enfermedades y accidentes son las características de la hembra humana: se diría que su destino se hace tanto más pesado cuanto más se rebela contra él al afirmarse como individuo. Si se la compara con el macho, éste se presenta como infinitamente privilegiado: su vida genital no contraría su existencia personal, pues se desarrolla de manera continua, sin crisis, y generalmente sin accidentes. Término medio,  las mujeres también viven más que él, pero se enferman mucho más a menudo y, además, hay muchos períodos en los que no disponen de sí mismas.

Estos datos biológicos son de extrema importancia: desempeñan en la historia de la mujer un papel de primer plano, y son un elemento esencial de su situación: en todas nuestras descripciones ulteriores tendremos que referirnos a ellos. Porque como el cuerpo es el instrumento de nuestra aprehensión del mundo, éste se presenta distintamente según se le aprehende de una u otra manera. Por eso, los hemos estudiado tan largamente, pues son una de las claves que permiten comprender a la mujer. Pero lo que rechazamos es la idea de que constituyan para la mujer un destino inamovible. No bastan esos datos para definir una jerarquía de los sexos, pues ellos no explican por qué la mujer es el Otro, y no la condenan a conservar para siempre ese papel subordinado.

*

A menudo se pretendido que bastaría la fisiología para responder a estas preguntas: ¿el éxito individual ofrece las mismas oportunidades para ambos sexos? ¿Cuál desempeña el papel más importante en la especie? Pero el primero de estos problemas no se presenta de ninguna manera del mismo modo para la mujer y para las otras hembras, porque los animales constituyen especies dadas respecto de las cuales es posible proveer descripciones estáticas: basta agrupar las observaciones realizadas para decidir si la yegua es o no tan rápida como el caballo, y si los chimpancés machos responden a los tests individuales mejor que sus compañeras, en tanto que la humanidad se halla en un estado de evolución constante. Ha habido sabios materialistas que han pretendido plantear el problema de una manera puramente estática; imbuidos de la teoría del paralelismo psico-fisiológico, han buscado establecer comparaciones matemáticas entre los organismos macho y hembra: imaginaban que esas medidas definían inmediatamente sus capacidades funcionales. Citaré un ejemplo de las discusiones ociosas que ha suscitado dicho método. Como se suponía que el cerebro segrega de laguna manera misteriosa el pensamiento, pareció muy importante decidir si el peso medio del encéfalo femenino  es menor o no que el del encéfalo macho. Se ha encontrado que, término medio, el primero pesa 1.220 gramos y el segundo 1,360, y que el peso del encéfalo femenino varía entre los 1.000 y los 1.500 gramos, y del encéfalo femenino varía entre los 1.150 y 1.700. Pero el peso absoluto no es significativo y, por lo tanto, se decidió considerar el peso relativo. Se encontró que era de 1/48,4 en el hombre, 1/44,2 en la mujer. Ésta, pues, era superada. No. Había que rectificar aún: en tales comparaciones, el organismo más pequeño parece siempre privilegiado; para ofrecer una correcta abstracción del cuerpo en la comparación de dos grupos de individuos, hay que dividir el peso del encéfalo por la potencia 0,56 del peso del cuerpo si pertenecen a la misma especie. Se considera que hombres y mujeres representan dos tipos distintos. Se llega así a los resultados siguientes:

1360

En el hombre: P 0,56 == 498  ———  == 2,73

498

1.220

En la mujer:  P 0,56 == 446   ——— == 2,74

446

Se llega a la igualdad. Pero lo que quita mucho interés a estos debates tan cuidadosos, es que no se ha podido establecer ninguna relación entre el peso del encéfalo y el desarrollo de la inteligencia. Además, no se podría dar una interpretación psíquica de las fórmulas químicas que definen las hormonas machos y hembras. En cuanto a nosotros, desechamos categóricamente la idea de un paralelismo psico fisiológico; es ésta una doctrina cuyos fundamentos han sido definitivamente minados desde hace mucho tiempo. Si la señalo es porque aunque está filosófica y científicamente en desuso, todavía inquieta a muchos espíritus. Rechazamos también todo sistema de referencias que sobreentienda la existencia de una jerarquía natural de valores, de una jerarquía evolutiva, por ejemplo;  es ocioso preguntarse si el cuerpo femenino es o no más infantil que el del hombre, y si se acerca más o menos  que éste a los primates superiores, etcétera. Todas esas disertaciones, que mezclan un vago naturalismo con una ética o una estética todavía más vaga, son pura charla. Sólo desde una perspectiva humana es posible comparar a macho y hembra en la especie humana. Pero la definición del hombre es que se trata de un ser que no es dado, que se hace ser lo que es. Como lo ha dicho muy justamente Merleau-Ponty, el hombre no es una especie natural: es una idea histórica. La mujer no es una realidad inmutable, sino un devenir; en este devenir suyo habría que confrontarla con el hombre, es decir, que habría de definir sus posibilidades: lo que falsea tantos debates es que la quieren reducir a lo que ha sido, a lo que es hoy, a pesar de que se plantea la cuestión de sus capacidades; es un hecho que las capacidades no se manifiestan con evidencia sino cuando han sido realizadas, pero también es un hecho que cuando nos referimos a un ser que es trascendencia y superación no se pueden detener nunca las consideraciones.

Sin embargo, se dirá que en la perspectiva que adoptó –la de Heidegger[18], la de Sartre, la de Merleau-Ponty-, si el cuerpo no es una cosa, es una situación: es nuestra aprehensión del mundo y el esbozo de nuestros proyectos. La mujer es más débil que el hombre; posee menos fuerza muscular, menos glóbulos rojos y menor capacidad respiratoria; corre menos velozmente, levanta pesos más livianos, y no hay casi ningún deporte en el que pueda competir con él; no puede afrontar al macho en la lucha. A esa debilidad se agregan la inestabilidad, la falta de “control” y la fragilidad de que hemos hablado: éstos son hechos. Por lo tanto, su aprehensión del mundo es más restringida, y tiene menos firmeza y perseverancia en proyectos que también es menos capaz de realizar. Esto quiere decir que su vida individual es menos rica que la del hombre.

No sería posible negar esos hechos, en verdad, pero no llevan su sentido  en sí mismos. Desde que aceptamos una perspectiva humana, definiendo el cuerpo a partir de la existencia, la biología se convierte en una ciencia abstracta; en el momento en que el hecho fisiológico (inferioridad muscular) reviste una significación, éste aparece en el acto como dependiente de todo un contexto: la “debilidad” sólo se revela como tal a la luz de los fines que el hombre se propone, de los instrumentos de que se dispone y de las leyes que se impone. Si no quisiese aprehender el mundo, la idea misma de aprehensión de las cosas no tendría sentido; cuando esa aprehensión no exige el pleno empleo de la fuerza corporal, por debajo del mínimo utilizable, las diferencias se anulan;  allí donde las costumbres prohíben la violencia, la energía muscular no podría fundar una dominación: hacen falta referencias existenciales, económicas y morales, para definir concretamente para definir concretamente la noción de debilidad. Se ha dicho que la especie humana era una antífisis; la expresión no es del todo exacta, porque el hombre no podría contradecir el hecho;  pero, de acuerdo a cómo lo asume, éste constituye la verdad;  la naturaleza sólo tiene realidad para él en la medida en que su acción lo retoma: su propia naturaleza no es ninguna excepción. No es posible medir abstractamente la carga que constituye para la mujer la función generadora, no es más que su aprehensión del mundo: entre los animales la relación de la maternidad con la vida individual se halla naturalmente regulada por el ciclo del celo y las estaciones;  es indefinida en la mujer; sólo la sociedad puede decidirlo;  según ésta reclame más o menos nacimientos, según sean las condiciones higiénicas en las cuales se desenvuelven el  embarazo y el parto, la sujeción de la mujer a la especie será más o menos estrecha. Así, si puede decirse que entre los animales superiores la existencia individual se afirma más imperiosamente en el macho que en la hembra, las “posibilidades” individuales en la humanidad dependen de la situación económica y social.

De todas maneras, no siempre sucede que los privilegios individuales del macho le confieren superioridad en el seno de la especie, pues la hembra  reconquista con la maternidad otra especie de autonomía. A veces, el macho impone su dominio: tal es el caso, por ejemplo, de los monos estudiados por Zuckermann, pero a menudo las dos mitades de la pareja llevan una vida separada;  el león comparte con la leona por partes iguales los cuidados del hogar. Todavía aquí el caso de la especie humana no se deja reducir a ningún otro;  los hombre no empiezan por definirse como individuos; los hombres y las mujeres no se han desafiado  nunca en combates singulares; la pareja de un mitsein original,  y el hombre mismo se presentan siempre como un elemento fijo o transitorio de una colectividad más vasta;  ¿quién es el más necesario a la especie en el seno de esas colectividades:  el macho o la hembra? Al igual que las gametas y las funciones biológicas del coito y de la gestación, el principio  macho crea para mantener,  y el  principio hembra mantiene para crear: ¿en qué se transforma esa división en la vida social? En las especies fijadas a organismos extraños, o a substratos, en aquéllas a quienes la naturaleza otorga alimentos en abundancia y sin esfuerzo, el papel del macho se limita a la fecundación;   cuando hay que rastrear, cazar o luchar para asegurar la alimentación necesaria para los hijos, el macho contribuye a menudo a su manutención; pero ese concurso se  vuelve absolutamente indispensable en una especie en la cual los hijos son incapaces de subvenir a sus necesidades hasta mucho tiempo después de que la madre ha dejado de amamantarlos:  las vidas que él ha suscitado no se mantendrán sin él. Basta un macho para fecundar cada año a una gran cantidad de hembras, pero para que después de su nacimiento los hijos sobrevivan para defenderlos contra los enemigos y arrancar de la naturaleza cuanto necesitan, son necesarios los machos. El equilibrio de las fuerzas productoras y de las fuerzas reproductoras se realiza diferentemente en los diversos momento económicos de la historia humana, y éstos condicionan la relación del macho y de la hembra con los hijos y, por lo tanto, entre ellos. Pero entonces salimos del dominio de la biología:  a su sola luz no sería posible plantear la primacía de uno de los sexos en cuanto al papel que desempeñan para perpetuar la especie.

En fin, una sociedad no es una especie:  en ella, la especie se realiza como existencia; ella se trasciende hacia el mundo y hacia el porvenir; sus hábitos no se deducen de la biología; los individuos no son abandonados jamás a su naturaleza, obedecen a esa segunda naturaleza que es la costumbre, en la cual se reflejan los deseos y temores que traducen su actitud ontológica. El sujeto adquiere conciencia de sí mismo y se cumple sólo como cuerpo, como cuerpo  sujeto a determinadas leyes y tabúes; se valoriza en nombre de ciertos valores, Y, digámoslo nuevamente, la fisiología no podría fundar valores: antes bien, los hechos biológicos revisten los que el existente les confiere. Si el respeto o el temor que inspira la mujer prohíben el uso de la violencia en contra de ella, la superioridad muscular del macho no es fuente de poder. Si los hábitos quieren –como en ciertas tribus indias- que sean las jóvenes quienes elijan marido, o si es el padre quien decide los matrimonios, la agresividad sexual del macho no le confiere ninguna iniciativa, ningún privilegio. El vínculo íntimo entre la madre y el hijo será para ella fuente de dignidad o indignidad, según sea le valor acordado al niño, que es muy variable: ese mismo vínculo, se ha dicho, será reconocido o no según sean los prejuicios sociales.

Así, tendremos que aclarar los datos de la biología a la luz de un concepto ontológico, económico, social y psicológico. La sujeción de la mujer a la especie y los límites de sus capacidades individuales son hechos de extrema importancia; el cuerpo de   la mujer es uno de los elementos esenciales de la situación que ello ocupa en este mundo. Pero tampoco él basta para definirla;  ese cuerpo no tiene realidad vívida, sino en la medida en que es asumido por la conciencia a través de sus acciones y en el seno de una sociedad;  la biología no basta para proveer una respuesta a la pregunta que nos preocupa:  ¿por qué la mujer es el Otro? Se trata de saber de qué modo la naturaleza ha continuado en ella en el transcurso de la historia;  se trata de saber qué ha hecho la humanidad de la hembra humana.


[1] Se llama gametas a las células generadoras cuya fusión constituye el huevo.

[2] Glándulas productoras de gametas.

[3] Nota de Anarella Vélez: Tomás de Aquino (28 de enero de 1225-7 de marzo de 1274),  teólogo cristiano de la Orden de Predicadores. El más  importante representante del escolasticismo. Ejerció como maestro en la Universidad de París, y en otras ciudades europeas como Orvieto, Roma, Viterbo, Bolonia y Nápoles.

[4] Nota de Anarella Vélez: Georg Wilhelm Friedrich Hegel (27 de agosto de 1770-14 de noviembre de 1831),  filósofo alemán, recibió su formación en el seminario de la Iglesia Protestante en Wurtemberg. Fue amigo  de Shellin y Hölderlin. Estudió a Platón, Aristóteles, Descartes, Spinoza, Kant,  Rousseau.  Siguió la Revolución Francesa con quien se identificó en la juventud. Se le considera el más importante de los metafísicos.

[5] Nota de Anarella Vélez: Maurice Merleau-Ponty (14 de marzo de 1908-5de mayo de 1961), filósofo y fenomenólogo francés, influido por Husserl. Se le consideró existencialista debido a su amistad con Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Profesor en la Universidad de Lyon  y n la Sorbona.

[6] Nota de Anarella Vélez: Hipócrates de Cos (siglo V a. C.- siglo IV a. C.) Citado tradicionalmente, con fundamento dudoso,  como el padre de la Medicina moderna occidental.  Es reconocido por sus aportes y por haber fundado  la escuela que lleva su nombre, en la que ejerció la docencia y  en la cual se recopilaron los conocimientos previos de la medicina en Grecia.

[7] Hegel:  Filosofía de la Naturaleza,  3ª parte, parágrafo 369

[8] Nota de Anarella Vélez: Espermatogénesis, mecanismo encargado de la producción de espermatozoides. Gametogénesis en el hombre. El proceso se lleva a cabo en los testículos y tiene una duración de 64 a 75 días en la especie humana. Consta de tres etapas: proliferativa, meiosis y  espermiogénesis.

[9] Nota de Anarella Vélez: áptero es el  aadjetivo que señala a la especie o grupo de animales o insectos que carecen de alas.

[10] Ciertas gallinas se disputan los mejores lugares en el corral y a picotazos establecen una jerarquía entre ellas. Cuando los machos están ausentes, también hay vacas que toman por la fuerza el mando de la tropa.

[11] Nota de Anarella Vélez: Esterol esteroide , en el cuerpo humano los más importantes son el colesterol y los ácidos biliares.

[12] Nota de Anarella Vélez: Soma es el conjunto de las células de un organismo vivo, a excepción de las reproductoras.

[13] Nota de Anarella Vélez: La amenorrea es la ausencia de flujo menstrual y la dismenorrea son los trastornos  del flujo menstrual

[14] “El análisis de esos fenómenos ha podido ser impulsado en esto últimos años, vinculando los que se producen en la mujer con los que se observan en los monos superiores, sobre todo  en los del género Rhesus. Es más fácil, evidentemente, experimentar entre estos últimos animales”, escribe Louis Gallien (La sexualidad).

[15] “Por lo tanto, soy mi cuerpo, al menos en la medida total en que tengo algo que me pertenece por naturaleza,  y recíprocamente mi cuerpo es como un sujeto natural, como un esquema provisional de mi ser total “ (Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción).

[16] Me sitúo aquí en un punto vista exclusivamente fisiológico. Es evidente, que, psicológicamente, la maternidad puede ser muy provechosa para la mujer,  pero también puede ser un desastre.

[17] Cf. H Vignes en el Tratado de fisiología, t. XI, dirigido por Roger y Binet.

[18] Nota de Anarella Vélez: Martín Heidegger. (Messkirch, Alemania, 1889-Todtnauhaberg, actual Alemanica, 1976) filósofo alemán. Discípulo de Husserl, su trascendencia en la historia del pensamiento occidental ha estado marcada por la polémica, sobre todo por su adhesión al régimen nacionalsocialista, la cual la manifestó en su discurso de toma de posesión de la cátedra en la Universidad de Friburgo (1933). Entre sus discípulos se encuentran  Marcuse,  Derrida, Lévinas,  Ricoeur.

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